Patio de butacas
Felipe Fernández

Dice el profesor Moradiellos, merecidamente nombrado como miembro de la Real Academia de la Historia, que ese honor es un “encargo” para cumplir una serie de funciones; y afirma, con el orgullo propio del que disfruta su profesión, que su “oficio” es el de profesor de Historia: “Cada uno tiene su oficio y los cargos son transitorios. Sería muy importante aplicarlo a la política”, añade el Catedrático de la UEX. Esta aseveración tan sensata parecería de perogrullo si no fuera porque sale de labios de una de las mentes más lúcidas de nuestra querida universidad, un hombre cabal, sabio aunque él lo niegue – bendita humildad la de los sabios– cuyo cacereñismo adoptivo es tan sentido como sincero. Así que, una observación de esta intensidad en boca de una persona que lee mucho y anda mucho, solo debería traer las oportunas y correspondientes consecuencias. Los partidos políticos nacieron con las primeras democracias liberales del siglo XIX y siempre han sido un símbolo de libertad, creados para albergar en su seno los anhelos más deseados por los ciudadanos. Fueron concebidos para agrupar a personas con pensamientos parecidos y maneras similares de ver la vida, así como los principios y valores que la forman. En su sentido original reclutaban ciudadanos con “oficio” que aportaran su experiencia vital, profesional y laboral para mejorar las cosas, esto es, para “buscar el bien común”, tal y como nos  recuerdan machaconamente los tratados de política. Desde ese punto de vista, formar parte de un partido político siempre fue un “cargo” y desempeñar alguna responsabilidad en la administración un “encargo”. Por eso deben ser temporales; por eso el “oficio” debe ser distinto del “cargo” y del “encargo”, para que no se confundan las funciones y los partidos sigan alimentándose de la sociedad y no al revés, para que no haya “profesionales de la política”, sino profesionales que van a la política. El nepotismo es un camino seguro hacia regímenes de baja calidad democrática que se exponen, bien lo sabemos, a toda suerte de populismos. Para eso el “oficio”, para que la política no sea un destino, sino un “cargo” transitorio y temporal en el que dar lo mejor y cumplir con lealtad y honradez el “encargo”. Mientras tanto, nos arriesgamos a la mediocridad de los que no tienen “oficio”, dispuestos a luchar con uñas y dientes para que nadie les quite su “cargo”, dispuestos a inventar todo lo necesario para que nunca acaben sus “encargos”; hasta la derrota final.

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