Desde mi ventana
Carmen Heras

No soy particularmente cocinillas, ni voy por ahí luciendo destreza alguna en la confección de platos exquisitos, aunque la tengo. Cuando me casé apenas sabía cocinar. Recuerdo que puse unos garbanzos en remojo y tardé en prepararlos. Todo por no saber nombrar los ingredientes que necesitaba en la carnicería, con lo fácil que hubiera sido pedir “para un cocido”. Jajaja. Pero poco a poco me fui introduciendo en la técnica. También en esto de los guisos, hube de aprender sobre la marcha. De la mano de Simone Ortega, cuyo recetario aún, de vez en cuando, consulto.

Cocina y alquimia van siempre juntas. Quizá, por eso, adoro la luz de mi cocina, donde cada rincón me trae recuerdos de algún momento de mi historia, unos luminosos, otros tristes, partes indelebles de mi yo. Sobre su mesa grande he preparado muchos temas de trabajo personal, público y privado; he corregido exámenes, he puesto notas, he abierto el ordenador, he llorado ante noticias descorazonadoras, hablando con mi hijo. A pesar de tener un cuarto de estudio propio, mis preferencias han ido a buscar la cercanía abrigada de los fogones, en una especie de simbiosis perfecta entre el ámbito particular y los otros, todos los que conformándome me han hecho como soy.

La memoria me trae el recuerdo de una colega, que en época de oposiciones, mandó preparar un pequeño cuarto justo en el hueco de la escalera que subía al ático y allí, encerrada en un espacio minúsculo, escondida de sus tres pequeños hijos, fue preparando los contenidos necesarios. Creo que la visión de la escasez de la que ella disponía, me llevó a mi a buscar todo lo contrario: un lugar en el que la vista pudiera extenderse a lo lejos a través de la ventana, el techo alto sobre mi cabeza, la luz natural entrando a raudales, iluminándolo todo y dándole corporeidad y sentido.

Hoy pienso que puede ser así como nos desenvolvemos los unos y los otros. En espacios abiertos o cerrados. De techos altos o no. Según nuestras circunstancias externas e internas, según nuestra condición, nuestra forma de ver la vida y de vivirla. “A usted parece interesarle todo -me dijo (después de hablar largo rato) un profesor muy conocido de la Universidad Complutense- tal parece que fuera un hombre del Renacimiento”. Y, la frase que hoy puede antojarse machista, fue dicha como elogio.

Supongo que a los territorios le hacen falta un gran número de personas “renacentistas” interesadas por el sentido global de las cosas, detrás del progreso, ávidas por encontrarlo y transformarlo en estilo de vida para hijos y congéneres, siempre en búsqueda continua de la excelencia como hábito en cualquier plato que cocinen. Seres humanos con los pies en el suelo, pero con verdaderos sueños de expansión, que sepan abrir caminos y ejercer liderazgos. Que no solo se preocupen de los datos positivos en las encuestas y de unos salarios para su casa. Que no se conformen con repartir pan seco en espacios oscuros, cuando existen hermosas cocinas donde cocinar y buenos caminos por recorrer. Que tengan un plan. Con varias opciones.

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