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Alguien escribía en redes sociales que nuestra generación ha visto nombramientos de tres Papas, cinco presidentes del Gobierno, dos reyes, incluso un dictador… pero solo un presentador de ‘Saber y Ganar’. Fuera bromas, hemos vivido un momento histórico con la abdicación de Juan Carlos I en favor de su hijo, Felipe VI. Era una noticia largamente deseada y esperada a partes iguales, pues los síntomas del deterioro de salud del todavía monarca eran ya muy evidentes. Todo estaba preparado y sin embargo eso no ha restado conmoción. Las manifestaciones a favor y en contra no se han hecho esperar y el mismo día de la renuncia casi todas las ciudades se llenaban de banderas republicanas. Este debate —monarquía o república— suele ser recurrente en momentos de inestabilidad política o económica. En nada le ha ayudado a la Casa Real los últimos escándalos de corrupción relacionados con Iñaki Urdangarín, pues parece que los elefantes de Bostwana ya son agua pasada. Nunca habían estado tan bajas las encuestas de popularidad. El pueblo quiere u odia de un día para otro. Al rey Juan Carlos le ayudaba haber sido una pieza imprescindible para que el golpe del 23F cayera del lado de la democracia. Aún hay asuntos por despejar en aquella angustiosa jornada, pero sin duda el Rey salió reforzado de aquella encrucijada provocada por las fuerzas armadas. Juan Carlos I sí cumplía su papel y en esa medida la sociedad apreciaba su corona, incluso puede ocurrir lo mismo con la figura de Felipe VI. ¿Pero es España un país donde la monarquía pueda extenderse a lo largo de varias generaciones?

Nadie discute que don Felipe de Borbón esté preparado. Todo lo contrario. Toda su vida se ha estado formando para este momento. Habla varios idiomas. Tiene amplia formación académica y militar, y obviamente, es un magnífico embajador en cuestiones diplomáticas. Ningún político de ningún partido podría hacerle sombra. Sin embargo, no es ése el tema, la cuestión es si estaríamos en nuestro derecho de poder elegir si queremos monarquía parlamentaria o república. Ninguna es sinónimo de maldad o bondad en sí misma. Ni siquiera podemos asimilarla a derecha o izquierda, pues ejemplos dispares y contradictorios hay ambos lado del Atlántico. Reinados o sultanatos tiránicos, y repúblicas comunistas déspotas. La perversión no radica en el sistema de gobierno, sino en los que ejercen el poder. Alguien encendía el debate en FB: “Prefiero un rey putero a políticos corruptos”. De nuevo una diatriba manipulada, pues presuponemos que sólo el monarca tiene esos gustos o que el gusto por lo ajeno es exclusivo de los otros. Volvemos a etiquetar genéricamente comportamientos en base a ideologías o estatus social.

El derecho a decidir es la base de la democracia, lo que no quiere decir que si se convocase un referéndum saliera por goleada la opción de república. Quizás volviera a salir el reinado de Felipe VI, pero reforzado por la más alta expresión popular que hoy por hoy solo puede darse en las urnas.

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