Mi ojito derecho /
CLORINDA POWERS

Esta semana (por la pasada), millones de personas en todo el mundo nos hemos sorprendido con los pelos de punta viendo cómo 20 desconocidos se besaban por primera vez delante de una cámara. Inmediatamente compartí un vídeo subido a Youtube por una tal Tatia Pllieva en el que, durante algo más de tres minutos, diez parejas de desconocidos deciden participar en el proyecto de una joven directora en lo que parecía un experimento humano más romántico que científico. Su autora, desconocida para Google y, por tanto, para el mundo, solo necesitó unos segundos para convencernos de que lo que estábamos viendo era real.

Después de cuarenta y ocho horas navegando entre las burbujas de amor provocadas por los veinte primeros besos más tiernos de Internet, volvimos a sorprendernos con los pelos de punta al descubrir que el experimento estaba patrocinado por una marca de ropa y no por el puro placer del arte (las prendas recibieron 21 millones de visitas en solo dos días).

Reconozco que la idea me parece una genialidad publicitaria. Pero también reconozco, no sin cierta vergüenza, que he vuelto a picar. Yo, y unos cuantos millones de personas más que, sin saberlo, tomamos la misma decisión: había llegado el momento de detener nuestros reproches y sustituirlos por lo que creímos era un tesoro visual muy real.

Sorprende la rapidez con la que nos fiamos de alguien que nos ofrece lo que demandamos. Sorprende la rapidez con la que paralizamos una rutina de desaliento y furia a la que ya estamos demasiado acostumbrados. Pero, oiga, ¡sorpresa la mía al despertarme al fin pensando!

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