Desde mi ventana
Carmen Heras

En el verano sucede que todo se vuelve tenue, desvaído, sin vigor. Bueno, todo no, hay sentimientos que siguen a flor de piel, existen las criticas destructivas, la animadversión especializada, los improperios…

Pero domina el cacareo y las fiestas final de curso. Donde las chicas se ponen guapas y los chicos, interesantes. Sorprende la viveza con la que las mujeres eligen la ostentación en el vestir, para cualquier acto público o privado, sea o no institucional. Como la imagen manda, aprenden las muchachas a destacar lo primero por el ropaje, y luego por todo lo demás. Aves de coloridos plumajes. Les funciona. A fin de cuentas el mundo es mundo y los exteriores son los exteriores. Una vez, yo defendí (tonta yo) que una mujer brillaba solo por su inteligencia y un montón de personas se dispuso a convencerme de lo contrario. Hablábamos de una socialité (creo que se dice así) muy famosa entonces (lo sigue siendo, van ya varias novelas publicadas con su patrón) y lo sorprendente de que hombres muy brillantes dejasen a sus mujeres por ella. Las chicas de mi época rompimos el molde en el que habíamos crecido, buscando tener vida propia distinta de aquella para la que nos educaron. No queríamos renunciar a la faceta más femenina, biológicamente hablando, pero le pedíamos a la vida poder hacer algo más con la cabeza y el corazón. “Corríamos” diariamente las mil millas (desayunos, colegios, trabajo, comida, etc.) con la cara lavada y el corazón desbocado. Habíamos tenido que convencer a nuestros maridos de que el mundo es muy amplio y todos/as teníamos sitio en él y como traíamos un sueldo a casa no les había quedado mas remedio que claudicar. Así que cuando veíamos la mansión en la que la protagonista de nuestra historia vivía, sus arreglos, las clases de pilates que disfrutaba, las nurses de sus hijos, etc., nosotras, mujeres de carrera con apellido propio, sentíamos algo parecido a la pura injusticia y al desconcierto…Porque el mundo era absurdo (nos decíamos) y como los malos alumnos no progresaba adecuadamente…Jajaja, de risa.

Pues ahí seguimos con las batallas. Hoy leo que una alcaldesa, la de Yawata (Japón) ha producido una hondo debate en su ciudad y el país porque ha resuelto detenerse un poco para tener un hijo. La mujer ha anunciado que tomará 16 semanas (8 antes y 8 después del parto) de permiso. No hay costumbre allí de algo parecido -jurídicamente no es una trabajadora cualquiera- en una tierra donde el trabajo es sacrosanto y la tarea publica se entiende como sacrificio puro y duro. Aun siendo la primera ministra de la cuarta economía mundial una mujer (Sanae Takaichi) cuya foto reflejaron todos los medios sentada enfrente de Trump, mirándole con mirada seria e inescrutable.

Conseguido lo anterior, en nuestro país parecemos estar “al otro lado de la fuerza”. Lograda la presencia habitual de las mujeres en el espacio público, ahora premiamos el estilo y el no olvidar que las guapas con recursos existen, en territorio estético adecuado. Y así hemos convertido los actos públicos en pasarelas, en alfombras rojas donde los modelos de ropa cuentan y las marcas también; hablando del envoltorio no hablaremos de otras cosas. ¡Así que abajo los trajes aburridos, los vestidos neutros, las chaquetas y las blusas camiseras para asistir a plenos y sesiones de trabajo! ¡Y que todo ayude a conseguir el sueño de las modistillas!

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