Historias de Plutón
José A. Secas
Conocí a un hombre que no tenía un reino, ni falta que le hacía, porque había descubierto algo mucho más difícil de cartografiar: sus coordenadas exactas en el centro del Universo. No era un ermitaño harapiento metido en una cueva mordisqueando raíces, o comiendo desechos de restaurantes solidarios ¡qué va!, a él le gustaba el jaleíto, el aroma de los churros recién hechos por las mañanas, el tintineo de las botellas de cerveza y el rumor de la gente que ama y que duda. Pero tenía una regla inquebrantable, una especie de geometría mística que emanaba del fondo de su pecho: trazaba a su alrededor un círculo invisible, una perfecta «O» de aire y respeto, y se decía a sí mismo: “Esta es mi parcela, mi zulo. Ni un milímetro más allá para pisar las flores del vecino, ni un milímetro menos para dejar que me pisen los garbanzos”.
Él sabía —porque se lo habían soplado al oído las dispersiones de la meditación y las reflexiones previas o posteriores a lectura de viejos libros que ya nadie abre— que la mayor parte de la humanidad vive en una guerra de trincheras espaciales y espacios vitales, intentando usurpar el aire del otro —pillar cacho—estirando los codos en el autobús de la existencia o despatarrándose en una cama de noventa. Él no. Él miraba su trozo de tierra prometida, su pequeña parcela de destino, y veía un auténtico milagro. Sabía que la semilla que llevaba dentro, su germen profundo, no era suya por propiedad privada, sino que era un préstamo de la energía superior que habitaba el cosmos.
Una mañana se miró en el espejo y, mientras se afeitaba con la maquinilla eléctrica que heredó de su padre, descubrió sus propios ojos. No eran solamente sus ojos; eran los ojos de cientos de siglos de abuelos y tatarabuelos, de buscadores, de astrónomos y aventureros de los cielos, de pastores que miraban las estrellas o la luna y de alquimistas que fracasaron con la piedra filosofal, pero acertaron con el alma primigenia. Se sintió, de golpe, un hijo del despertar (más que del renacer). Y un hijo del despertar no va por ahí pidiendo perdón por existir, pero tampoco va dando pisotones y codazos. Se mantiene erguido, rotundo, fecundo, digno como la higuera que da sombra y frutos al principio y al final del verano.
A veces la gente lo miraba raro. Le veían compartir su luna, sus sueños, sus ideas, sus besos bañados en oro —que no eran más que su forma de mirar a los ojos del prójimo con absoluta verdad—, y pensaban que era un ingenuo, un alma de cántaro a punto de caerse del guindo. ¡Pobres ignorantes del espíritu positivo! No entendían que cuando uno está lleno por dentro, la riqueza no se gasta al compartirla, se multiplica. Su trozo de mundo era un festival.
Pero no te vayas a creer que nuestro hombre vivía en una nube de algodón de azúcar de color rosa y toppings de viruta de chocolate. ¡Por todos los dioses (incluidos Tutatis y Belenos), que la vida muerde! Él también tenía su pozo. Un pozo profundo, oscuro, negro como el sobaco de un grillo, donde habitaban los recuerdos amargos, los errores de la juventud, las pérdidas que desgarran el lomo del alma y los fantasmas que hacen visitas a las tres de la madrugada sin venir a cuento. Cualquiera habría tapado ese pozo con una losa de hormigón para no mirarlo. Él, sin embargo, se asomaba. Se descolgaba con una soga de coraje y actitud hasta lo más hondo, allí donde el agua es fría y da miedo, y con las manos desnudas, escarbando en el fango de su propia sombra, encontraba el fondo tesoros y brillantes. Convertía el dolor en lucidez, la tristeza en comprensión y la desventura en conciencia. ¿Cómo iba a llorar entonces si el paso se le volvía lento con el transcurso de los años? ¿Cómo iba a quejarse de la vejez o del cansancio si cada arruga dibujaba el mapa de un tesoro conquistado?
Al final del día miraba al horizonte. Abría los brazos en cruz para despedir al sol y agradecer a la vida un día más. Sabía que tarde o temprano se movería despacio hacia un último viaje de transición, sin prisas, con la elegancia de quien ha pagado todas sus deudas con la vida y ha disfrutado de todos sus regalos. Sin una lágrima, con una sonrisa de medio lado, sabiendo que su «o» redondita y sin el rabino había sido pequeña, humilde y sencilla, pero condenadamente perfecta.
Y yo le dije a aquel hombre: “¡Ay, amigo! Qué bien se respira en ese pecho tuyo. Qué manera tan hermosa de entender la libertad; no como un hacha para romper cadenas propias y ajenas, sino como un templo interno, glorioso y diáfano, donde uno es, a la vez, el sumo sacerdote y el parroquiano de a pie”. Y él, quitándole importancia con la mano me respondió: “Feliz Navidad”.





























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