José Cercas
Ayer salí a pasear por el pueblo. Hacía tiempo que no lo hacía con calma. Me crucé con muchas personas, saludé a unas, conversé con otras y, en más de una ocasión, escuché la misma pregunta:
—¿Por qué ya no sales a las cañas?
La respuesta, aunque sencilla, no cabe en una frase.
Con los años uno descubre que el tiempo deja de medirse por las horas y comienza a medirse por la paz que nos proporciona. Hay lugares donde se entra con alegría y se sale con el alma cansada. No porque el sitio tenga la culpa, sino porque algunas conversaciones acaban convirtiéndose en un lugar del que conviene marcharse cuanto antes.
Siempre he pensado que las personas hablan de aquello que llevan dentro. Quien vive buscando belleza suele encontrarla; quien vive buscando defectos termina creyendo que el mundo entero está equivocado.
Hay quienes necesitan opinar de la vida de los demás porque todavía no han encontrado una vida propia que les apasione. Es una vieja paradoja: cuanto más vacía está una existencia, más ruido necesita hacer.
No me interesa participar de ese juego.
No porque me considere mejor que nadie, sino porque hace tiempo comprendí que la serenidad también consiste en saber elegir las batallas que no merece la pena librar.
La inteligencia no siempre consiste en responder. Muchas veces consiste en levantarse de la mesa antes de que la conversación deje de ser un encuentro para convertirse en un combate.
He aprendido que la libertad empieza cuando dejamos de necesitar la aprobación de quienes nunca estuvieron dispuestos a comprendernos.
Con el debido respeto hacia todo el mundo, mi vida me pertenece. No pienso entregarla al juicio de quienes creen que pensar diferente convierte a alguien en un adversario. Las personas verdaderamente libres no necesitan fabricar enemigos; les basta con cultivar sus propias convicciones.
Nunca he ocultado mi forma de entender el mundo. Me siento de izquierdas. No tanto por fidelidad a unas siglas como por una manera de mirar a las personas. Creo en la igualdad de oportunidades, en la cultura como instrumento de libertad, en la justicia social y en la dignidad de quienes tienen menos. Creo que una sociedad se mide menos por la riqueza que acumula que por la forma en que trata a quienes más la necesitan.
Pero también creo que ninguna idea merece imponerse a gritos.
Las convicciones que necesitan despreciar al otro suelen esconder una gran inseguridad.
Las personas seguras escuchan. Las inseguras descalifican.
Pensar distinto nunca debería ser un motivo de enfrentamiento. Al contrario. Es precisamente la diferencia la que enriquece una conversación y la que nos obliga a revisar nuestras propias certezas. La uniformidad tranquiliza; la diversidad hace crecer.
Con los años uno aprende otra lección: no todas las compañías hacen compañía.
Hay presencias que desgastan más que la soledad y silencios que resultan infinitamente más fértiles que muchas palabras.
Por eso prefiero un paseo, un libro, una conversación sincera o el rumor del campo antes que un lugar donde el ingenio se sustituye por el prejuicio y la curiosidad por el cotilleo.
Al final, la verdadera libertad no consiste en que todos piensen como nosotros.
Consiste en vivir de acuerdo con nuestra conciencia sin necesidad de pedir permiso.
Y quizá la madurez llegue el día en que comprendemos que la paz interior vale mucho más que tener siempre la última palabra.





























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