La temperatura de las palabras
José María Cumbreño

Hace unos días, en el programa de televisión que presenta El Gran Wyoming, se utilizaba el inminente ingreso en prisión de Urdangarín como materia prima para armar una de sus ingeniosas bromas, uno de esos chistes que, sin embargo, tratan de asuntos muy serios. En concreto, se decía que, dado que el marido de la infanta va a disfrutar del privilegio de elegir la cárcel en la que pasar su condena (ya veremos por cuánto tiempo), podría escoger la mejor opción mediante un comparador de internet, aunque en este caso no de hoteles, sino de centros penitenciarios.

Porque yo, al menos, no conozco ningún otro reo que cuente con esa posibilidad. Ninguno. Para que luego digan que todos somos iguales ante la ley

Más allá, insisto, de la sonrisa que esto nos pueda producir, la verdad es que la cuestión resulta de lo más inquietante. Porque yo, al menos, no conozco ningún otro reo que cuente con esa posibilidad. Ninguno. Para que luego digan que todos somos iguales ante la ley.

Y un cuerno.

Pienso, por ejemplo, en ese grupo de jóvenes al que se ha condenado por repoblar Fraguas, una aldea de Guadalajara que llevaba años abandonada y cuyos antiguos habitantes aseguran que ellos no han firmado (como aseguran las instituciones) ningún documento mediante el que renunciasen a sus casas.

Ironías de la vida. Mientras que a algunos se les permite hasta elegir la cárcel que más les guste, cuando han robado de manera tan evidente que no queda otro remedio (por temor a que las masas se nos rebelen) que meterlos una temporadita (corta, ya lo verán) entre rejas, a otros se les encierra por atreverse a escoger el lugar en el que quieren vivir.

Espero que, después de esto, ningún político vuelva a quejarse de que los pueblos se están quedando vacíos. Eso sí, siempre podremos convertir alguno en una cárcel rural. Por aquello de aumentar la oferta turística para los futuros convictos de alcurnia.

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