Réplica de Cera de Moctezuma y Hernán Cortes. Museo de Cera, Madrid.
Réplica de Cera de Moctezuma y Hernán Cortes. Museo de Cera, Madrid.

José Cercas

Hay épocas que no regresan por la historia, sino por el ruido. Y estos días, entre declaraciones políticas y viejos resentimientos, ha vuelto a aparecer el nombre de Hernán Cortés como si cinco siglos después continuáramos todavía atrapados en la misma batalla.

Ni los héroes fueron tan puros ni los verdugos tan simples. La historia casi nunca cabe dentro de una pancarta.

Resulta fácil juzgar el siglo XVI desde la comodidad moral del XXI. Más difícil es comprender que el mundo de entonces estaba construido sobre la conquista, la espada y la supervivencia. Cortés pudo ser ambicioso, cruel y despiadado; probablemente lo fue. Pero también conviene recordar que no conquistó México únicamente con un puñado de soldados españoles, sino con la ayuda de miles de indígenas sometidos por el poder azteca.

Quizá ahí comienza el verdadero problema de nuestro tiempo: hemos dejado de mirar la historia para empezar a utilizarla. Ya no importa entender el pasado, sino convertirlo en munición ideológica para el presente.

Y, sin embargo, la historia nunca es inocente. Está hecha de sombras, de alianzas imposibles, de pueblos sometidos y de hombres que actuaron según la violencia de su época. Comprender eso no significa justificarlo; significa, simplemente, aceptar que el pasado fue mucho más complejo de lo que hoy nos gustaría admitir.

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