Historias de Plutón
José A. Secas
Serie: “A TRAGOS CORTOS”
Ya éramos estrellas emergentes de Pop-Rock de nuestra propia realidad, no por consciencia, sino por situación en el tiempo y en el espacio. Estábamos en el momento justo de edad, energía creativa y realidad social que hasta vimos nacer a la MTV (o entiví, como quieras). Como grupo llevábamos dos veranos tocando y otros pocos inviernos puliendo nuestro repertorio y albergando sueños de gloria. Las circunstancias nos llevaron por un camino de progresión constante y, cuando mejor estábamos, apareció la oportunidad de nuestras vidas. Una gran ocasión internacional con viaje incluido.
Aún no habíamos ganado un concurso regional (lo lograríamos en julio del año siguiente) para podernos comprar un equipo medio profesional para seguir sonando, ensayando y tocando. Nos juntábamos, al menos, dos veces a la semana en invierno y en verano. Estábamos en una edad y entorno disfrutones y nosotros nos comprometimos con la causa (mientras la vida nos lo permitió). Sin duda fue una etapa fantástica de nuestras vidas.
En el Hoy o El Periódico Extremadura de los 80 y principios de los 90, la música «moderna» no siempre iba a Cultura; a veces era “Local” o incluso “Sociedad». Por aquel entonces, casi en la cúspide de nuestra trayectoria —grupo de pop-rock Percance Laplace entre 1985 y 1990— se nos presentó un reto emocionante y muy estimulante y nos lanzamos a por él como fieras: representar a Cáceres en un jumelage o hermanamiento en La Roche-sur-Yon en un concurso internacional de grupos emergentes. Y para allá que nos fuimos (entre finales de octubre y principios de noviembre de 1987). El relato del viaje en furgoneta lo tenemos en formato video por obra y gracia de nuestro amigo y manager Marce Solís. De ese viaje se puede escribir un libro, pero quiero rescatar un episodio que fue muy importante para mi crecimiento como persona: el concierto de nuestro grupo “Percance Laplace” en la ciudad hermana La Roche-sur-Yon durante el concurso.
Llegamos a la ciudad francesa con el aura y la determinación de quien cruza una frontera no solo geográfica, sino mental. El paso de suceso local a fenómeno internacional sin pasar por nacional era la sublimación del ascenso meteórico. Este es el quid de la cuestión. Francia se sentía como el siguiente escalón lógico para una basca que había crecido escuchando buena música, soñando y viendo cómo el Mundo y su propio mundo se ensanchaban. El concurso no era una fiesta de pueblo; era una maquinaria bien engrasada que nos ofrecía un escenario profesional, luces que cegaban de verdad, unos magníficos grupos competidores y un público que, aunque no entendía un pimiento nuestras letras, parecía descifrar nuestro hambre de escenario y se contagiaba de nuestra energía.
Las reglas del juego estaban claras: quince minutos y cuatro canciones. Ni un segundo más, ni una nota menos. Éramos conscientes de que la precisión de la Europa de pasados los Pirineos no admitía el «un poquito más» tan nuestro, por ejemplo. Durante semanas, en Cáceres, habíamos cronometrado cada transición, cada silencio, cada golpe de baqueta. El corto setlist era un sencillo mecanismo de relojería diseñado para el impacto: una apertura explosiva e interesante, dos temas de desarrollo con ritmo, gancho y calidad para asentar el sonido y un cierre que debía dejar el aire vibrando. Estábamos preparados. O eso creíamos, porque no contamos con el factor más peligroso de todos: la embriaguez del éxito inmediato.
Cuando subimos al escenario, la energía fue eléctrica. El sonido preparado en una magnífica y profesional prueba era impecable —ese equipo francés hacía que nuestras guitarras rugieran con una nobleza y brillantez. Tenían un nivel técnico equiparable con los sonidistas paisanos, pero con más despliegue de medios de los que nunca habíamos experimentado en garitos precarios y escenarios de pueblo. Las tres primeras canciones volaron. El público estaba allí, con nosotros, entregado a esa lengua -para ellos- extraña, pero fascinante. Estábamos viviendo nuestro momento Rock Star. Luego llegó la cuarta canción y lo bordamos. Te lo juro: aquello fue un apoteosis. Nuestro amigo Ricardo Baquero —lúcido y brillante— nos reconoció a posteriori que “los habíamos engañado”, que habíamos proyectado una solvencia y rotundidad apabullantes. Cerramos el concierto acoplando las guitarras a los amplis. De película. Por cierto, Bola y Miguelín también estuvieron allí; en la expedición.
El problema fue que no supimos gestionar ese artificio de la vida. El aplauso/griterío fue tan denso y tan cálido que nos emborrachó los sentidos. ¡Otra, otra, otra! En lugar de soltar los instrumentos y marcharnos con la elegancia del deber cumplido, la vanidad nos pudo. Decidimos saltarnos el reglamento (con discusiones y dudas manifiestas en el escenario). Idas y venidas, corrillos, miradas, silencios y gritos en poco tiempo. La vanidad nos empujó a ignorar los quince minutos sagrados y lanzarnos a un bis que nadie nos había pedido formalmente pero que creíamos merecer —y lo corroboraba el público—. Fue ahí donde todo se desmoronó.
Lo que siguió no fue música, fue una auténtica cagada. Sobradamente sobreexcitados. La maldita concentración por los suelos. La música… lamentable: una mancha de ruido y descontrol que emborronó la precisión que habíamos exhibido en nuestro concierto anterior. Fuera de tiempo, fuera de tono. Fuera de la ley. Un puto desastre.
El regreso al pueblo permitió una gira corta que nos llevó a hermosas ciudades francesas y nos aportó instantes memorables de intensa vida. Pero había momentos en que la vuelta en la furgoneta se hacía larga y tediosa. Era el momento de conectar con uno mismo y aprovechar el silencio de mirar a través de la ventanilla para pensar… Ahí, entre los kilómetros de autopista y el humo del cansancio, entre algunos se instaló una resaca moral que no se cura bebiendo agua. Empezamos a digerir que habíamos cambiado el compromiso por la autoindulgencia y la justificación. Construimos nuestro relato con cierta coherencia y no llegamos a hundirnos. La lectura que saqué de aquel episodio me acompaña todavía: la importancia de concentrarse en lo que uno hace sin dejarse devorar por el estímulo exterior. Aprendí también que hay que ajustarse a las normas no por sumisión, sino por respeto, y que la verdadera pasión solo es útil si se mantiene el compromiso con la palabra dada. Aquella noche en La Roche-sur-Yon entendí que si hubiéramos parado a tiempo todo habría sido (mucho) mejor, pero que de los errores más amargos nacen las lecciones más honestas.



























