La magia del iceberg /
VÍCTOR M. JIMÉNEZ

Tenía cita a las diez y media y eran más de las once. -Por eso nos llaman pacientes -pensó mientras un ratón le roía los pilares de la cordura. No pudo reprimir una sonrisa irónica. Había cinco personas en la sala de espera, charlaban entre ellos. Él se mantenía en silencio, odiaba aquellas conversaciones estúpidas. Intentó concentrarse en el libro que tenía en las manos. Consiguió leer un par de páginas, pero pronto su cabeza voló por un cielo lleno de incertidumbre. Se abrió la puerta de la consulta. Salió el paciente que estaba en el interior. Luego apareció la enfermera y leyó un nombre de una lista. Alguien se levantó y la siguió. Cerró el libro definitivamente. Los minutos goteaban lentos. Casi no había dormido las últimas noches y el cansancio se le incrustaba en las sienes como un terrible replicar de campanas. Llegó una mujer joven. Se sentó en la primera silla vacía, sacó una revista de un bolso y se puso a leer. -Si no me llaman pronto me voy a volver loco -acompañó el pensamiento con un suspiro profundo que provocó la mirada desconcertada del anciano de al lado. La puerta volvió a abrirse. Salió el paciente y detrás la enfermera. Esta vez pronunció su nombre. Su vida se acababa de convertir en una bifurcación en la que no podía elegir.

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