Historias de Plutón
José A. Secas

Había una vez un juntaletras que alardeaba de profundidad y se ponía estupendo al que le apetecía redactar de vez en cuando una columna de colaboración literaria en su medio de comunicación habitual -que es este- en su estilo rebuscado y ese día, en vez de echarse al ruedo espoleado por una ocurrencia, se detuvo a reflexionar sobre posibles temas y contenidos. Le fue muy fácil identificar un concepto que va mucho más allá de la eventualidad más posible en el glorioso marco de la incertidumbre: las expectativas. Normalmente ocupan un tiempo y un espacio en el discurrir por el pensamiento humano que trastoca el sentido enriquecedor de vivir la vida y llegan a contaminar, siempre en plural, el disfrute del momento presente. Sabido es que lo único que existe es este preciso instante y que por la imposibilidad de atraparlo simultáneamente con el acto de tomar consciencia, se encadena sucesivamente con los siguientes, más o menos previsibles, momentos presentes consecutivos donde se fluye con mayor o menor resistencia. C’est la vie.

Antes de ponerse a escribir al buen tutún, el conector de ideas tuvo la oportunidad de reflexionar sobre el asunto e incluso conversar sobre él hasta destilar el concepto. Se había adentrado en las profundidades de la noción de incertidumbre incluyendo en su reciente novela, aún inédita, una pirueta del metalenguaje por el que discurre, en la que un personaje escucha en la voz de la joven Lucía Reyes una canción compuesta por él mismo. La canción se escribió hace años en forma de soneto cuyo título es “Pisar el suelo” y terminará donde la ponga el devenir de la incierta existencia. Está en proceso y absorbe gran cantidad de energía. La constancia, el esfuerzo, la búsqueda de la excelencia y esas virtudes que se ejercitan dándole que te pego a una misión en una atmósfera de disfrute, inevitablemente se han de proyectar más allá y nutrirse de planificación, objetivos y, cómo no, purititas expectativas.

Entre las raíces invisibles que nos unen a la tierra desde el más remoto pasado y los castillos en el aire que colocan al futuro soñado más allá de lo posible hay muchos niveles. Cada cual administra la ilusión, la esperanza, el anhelo y el deseo como buenamente puede y dedica momentos de su presente a columpiarse entre el runrún del pasado y lo que queda por venir. Entre tanto unos escriben semillas y otros leen frutos mientras buscan en sus actos particulares entremeter la consciencia entre la satisfacción de los deseos por disfrutar de las cosas buenas. Eso sí, siempre pisando el suelo.

El suelo puede ser pantanoso o desértico y puedes elegir calzar unas chanclas hechas con botellas de plástico o unos zapatos de tafilete. El suelo puede dejarte adherido su barro o su polvo para que lo tengas presente. El suelo puede estar salpicado de piedras estratégicamente colocadas para que tropieces en ellas las veces que sean necesarias o, sencillamente, caminar a una cuarta de él (metafóricamente hablando, of course). El suelo que nos sustenta está puesto ahí para que nos caigamos y nos levantemos y para que lo transitemos viajando de la Ceca a la Meca o apreciar las bondades de quedarse entre Pinto y Valdemoro. El suelo está impreso de huellas u ocupado simultáneamente por miles de millones de pies como los que ahora sostienen nuestros momentos presentes. Y entre decepciones y sorpresas ahí anda con sus divagaciones el aprendiz de escribidor valorando lo realista y lo fantástico que pueden llegar a ser sus siempre cuestionadas expectativas.

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