Desde mi ventana
Carmen Heras

Tienen los espacios dedicados a celebrar cumpleaños infantiles, unos aseos minúsculos llenos de objetos de tamaño “minion”, adecuados a las manos de los más pequeños. Entre otros, están los espejos de pared donde los niños pueden mirarse. Descubren así, sus propias facciones, unas veces con curiosidad, otras con susto y se miran y asombran de encontrar alguien igual mirándolos enfrente con idéntica posición a la suya. Son pequeños narcisos, aunque no lo sepan.

El conocimiento del propio cuerpo es un asunto importante. La simetría del mismo (dos ojos, dos orejas, separados por la nariz; dos brazos y dos piernas, a derecha e izquierda de un eje interior) es pronto reconocible por cada interesado y servirá de apoyo para otros muchos conocimientos propios y ajenos, como es natural. Llega, aún en una etapa primera, de manera rudimentaria. Para todos.

Más tarde, de conocernos y examinarnos tanto puede que nos pasemos un poco. Hasta obsesionarnos. Durante el tiempo de la adolescencia los individuos descubren, con sorpresa, que su cuerpo les habla hasta confundirlos. En pleno desajuste. Lo hará también hacia fuera, ante los ojos de los otros. Y algunos de éstos se sentirán concernidos. Es lo que llamamos la atracción. Esa pulsión entre las personas que no siempre aparece, pero que cuando lo hace, puede ser el principio de otros sentimientos positivos como la simpatía, el amor…También negativos (envidia, antipatía…).

Daphné B. ha publicado el libro “Maquillada”, donde lo qué dice no por conocido deja de ser interesante. Habla del poder del maquillaje y de su influencia. De cómo puede ser usado como pretexto para identificarse y ser una más del sistema, o utilizarse como protesta contra lo establecido. Depende de cómo se haga y cuál sea el contexto en el que se realice.

Los territorios sobre los que vivimos lucen llenos de ejemplos. En los establecimientos comerciales hay cada vez más ofertas de todo cuanto puede servir a un buen maquillaje. Nos lo calzamos todas las mañanas, de la misma forma que hacemos con nuestros zapatos y salimos a la calle a defender nuestro afán diario, con protección. Maquillados (de una forma u otra) vamos todos, sin duda. Cuentan los padres de hijas adolescentes que tienen que ver, sin mostrar el asombro que les suscita, cómo aquellas, los fines de semana, empiezan su ritual sobre las 11 de la noche, primero una ducha, segundo elección de ropa, tercero maquillaje. El objetivo es salir a la una de la madrugada, las doce en Canarias, hacia la zona de marcha para disfrutar. Los rituales previos son importantes porque ayudan a transitar por ese espacio en el que cualquier adolescente camina en algunos momentos sintiéndose perdida.

“Pero, ¿por qué tienes que echarte tanta capa de polvos mate? “ -le dice la madre, a una de nuestras jóvenes- si tienes la piel perfecta y no te hace falta?”. Pero allá van, similares todas, al encuentro con su destino, que a veces es solo un vaso de cerveza. La vulnerabilidad en estado puro. En ambas direcciones. “Pues tengo que acercarme, para saber quien es la mía -me contó hace años otra madre- porque son tres amigas y las tres visten igual (pantalón vaquero y chupa de cuero) con melena lisa larga tapándoles la cara. Así que de lejos, no distingo a mi hija”. Y lo grave es que era verdad. Como la vida misma.

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