La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Una vez desvanecido el vaho característico del final de la ducha, con los pies sobre la camiseta que le había servido de pijama los últimos cuatro días y que demandaba con urgencia un lavado, se dispuso Juan frente al espejo, aún algo turbio, para comprobar de nuevo los irreparables daños que el paso del tiempo había dejado en su cuerpo.

Había meditado muchas veces sobre ello, pero esa mañana convirtió la reflexión en uno de esos pensamientos que pueden rellenar las páginas de las revistas cuando ya no encuentras otras cosas que incluir: Isaac Newton, el científico más grande de todos los tiempos, era también el mayor enemigo de la belleza en la historia de la humanidad. Bueno, en realidad, sus descubrimientos, sobre todo la Ley de la gravitación universal, que había disipado la ignorancia sobre cuestiones ahora obvias pero no tan claras hasta que él las ofreció al mundo; la gravedad ejerce una inexorable dictadura que implica el decaimiento de todo lo que habita sobre la corteza terrestre y su existencia incide de manera determinante en la autoestima del ser humano.

Como otras mañanas, sobre todo en aquellas en las que gobernaban implacables la nostalgia y el desaliento, Juan observaba la decadencia de su cuerpo al compararlo, atrapado por la morbosidad, con el de su ya lejana juventud. Esta había quedado inmortalizada en una foto que nadie hubiera ubicado ahí: sobre el lavabo, justo bajo el espejo, de manera que casi en el mismo vistazo podía contemplar los contornos presentes y los del pasado. La instantánea la había tomado su primera novia mientras salía del mar y en ella lucía un palmito de anuncio de gimnasio. En esa época Juan comía a diario como si lo fueran a prohibir y aun así la báscula estaba anclada en números de manual de dietética; cada músculo, cada porción de piel ocupaba rigurosamente su lugar sin ánimo de crecer ni de colonizar los terrenos más próximos, la armonía reinaba en su figura con tal naturalidad que parecía una característica imperecedera, inmutable, una de esas peculiaridades con las que naces, convives y nunca te abandonan.

Pero no. Con el tiempo, su cuerpo parecía buscar el suelo como si este fuera un refugio, como si renegara de su ubicación original y buscara una más cómoda. Primero las bolsas bajo los ojos, quizás un almacén de las lágrimas que debieron ser derramadas pero no vieron la luz y ahora se amontonan orondas, lustrosas; después, los descolgamientos del mentón que parecían querer hermanarse con la incipiente papada, la que apareció de repente con vocación

de permanencia; un poco más abajo, los pectorales que hace poco tiempo servían de tarjeta de presentación porque eran los primeros en llegar y ahora caen, quizás agotados por el esfuerzo de tantos años. El contorno de la cintura, antaño escueto, primero creció a lo ancho para inmediatamente desmoronarse en la dirección del resto de sus parientes; las piernas, cinceladas poco tiempo atrás, en la actualidad caben apenas en los pantalones que acaban desgastados precozmente, incapaces de soportar una fricción excesiva. Y todo ello tras extraordinarios esfuerzos para evitar lo inexorable, comiendo y bebiendo solo una vez de cada tres oportunidades en las que le asaltaban las ganas, subiendo a la báscula muchas más veces de las debidas como si en lugar de unos dígitos pudieras encontrar un halago.

Tras la zozobra y la vuelta a la tranquilidad, en realidad pensaba Juan que culpar a Newton por el declive de su aspecto era como pedir explicaciones a Afrodita por el desgaste de las relaciones amorosas o a Cronos por eso de que el tiempo no conoce pausas y transcurre tan rápido que apenas si eres capaz de asimilarlo. Más que justificaciones debería aprender a aceptar su edad, incompatible con las formas de la juventud, tal como había hecho en las diferentes etapas de su existencia. Eso, además de arrinconar la dichosa foto en el álbum que se consulta en raras ocasiones y usar el espejo como un aliado en vez de considerarlo el peor enemigo. Así la vejez acabaría por estimarse como un mérito y no como una condena.

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