Desde mi ventana
Carmen Heras

Verán, amigos, la pirámide de Maslow funciona, vaya si funciona. Si, esa que dice que el hombre o la mujer primero intenta satisfacer sus necesidades básicas y luego, si acaso, ya busca horizontes más elevados.

Asistimos a ello todos los días, por ejemplo con el asunto de las madres. Yo no recuerdo a nuestras abuelas ni a nuestras progenitoras haciendo, de manera continuada, un sin parar de alharacas sobre si mismas y el sacrificio que supone haber tenido hijos. Más bien, lo contrario. Fueron madres de forma natural y cuando llegó ese estado lo introdujeron en su sentir diario sin aspavientos. Ni eufemismos.

Quizá fuera porque sufrieron necesidades reales (económicas, afectivas, coyunturales, accidentales, etc) y no les quedó tiempo para naderías. En el entorno en el que me crié nunca las vi retorciendo con disquisiciones exageradas, mayestáticas o peyorativas, su estado de madres (a menudo harto laborioso) para crecerse, identificarse, o quejarse, ni siquiera para lanzar diatribas pidiéndole al Estado su productividad. Que la tiene, sin duda.

Tal vez, yo tuve mucha suerte al crecer en una familia estable, y todos los casos no fueron nunca mi caso, pero lo cierto y verdad es que en mi propia historia y en la de todas mis amigas y compañeras, las cuestiones de calado solían tan irrefutables que nadie daba vueltas y vueltas intentando convencer a otros de ellas, ni “vender el producto”, tan de sobra conocido por lo importante y no accesorio. La madre estaba ahí ejerciendo y ese era su poder.

Porque no se entiende declarar como extraordinaria una situación (la de ser madre) y al mismo tiempo estar todo el rato intentando que otros recojan el guante para dejar la tarea correspondiente al papel, sobre la silla del comedor. Porque no es muy coherente definirse como madres y, al minuto, declararse independientes y autónomas de cuanto clásico ha sido establecido en relación a estas cuestiones en la vida de los humanos. Porque no es creíble poner adjetivos a la puesta en práctica de las obligaciones propias del mandado, mandado de quita y pon y para circunstancias excepcionales o mediáticas en días señalados.

Las conmemoraciones han existido siempre y así seguirá siendo porque forman parte de nuestro vivir colectivo y adocenado, pero va bueno que sea de obligación celebrarlas tan en exceso, sobre todo si las utilizamos como días de escape de cuanto afirman defender y homenajear.

En el fondo yo creo que somos seres aburridos, que necesitamos estímulos y alicientes para levantarnos de la cama. Que al tener (afortunadamente) cubierto lo fundamental, incidimos en “buscarle las arrugas” al traje que vestimos para resultar así más interesantes ante nosotros mismos. Es como cuando el objeto de una materia de conocimiento no tiene contenidos propios y solo estudia los métodos, procedimientos y estrategias existentes para trabajarlos; que a veces se vuelve “loco” y los pone por delante de la idea clave y primera en cualquier enseñanza: la persona enseñante ha de saber de lo que enseña, porque si no, es imposible que lo haga. Pues igual con lo de ser madre, y perdónenme la perogrullada, que solo en la ejecución diaria del rol es cuando alguien demuestra que lo es y no en las celebraciones que cada año pregonan los comerciales.

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