José Cercas

Murió mi abuela cuando yo era pequeño. Solo quedaba mi abuelo con mi tía y mi tío. En aquella casa en la que aún habito, y ya sin aquel doblao que el tiempo terminó llevándose, las paredes continúan sosteniendo las estaciones y los recuerdos, como si se negaran a olvidar.

Buscaba el doblao para leer los libros que dormían entre el polvo y la madera antigua. Allí permanecían todavía los pupitres donde mis abuelos, maestros de escuela, habían enseñado durante años a leer, a escribir y, sin saberlo, a mirar el mundo con otros ojos.

Afuera caía el verano con sus siestas interminables. El silencio descansaba sobre los tejados del pueblo y el calor ascendía lentamente por las paredes. Entre enciclopedias heredadas, páginas amarillentas y aquel olor inconfundible de la madera envejecida, fui descubriendo que los libros eran algo más que papel impreso: eran puertas, refugios, ventanas abiertas hacia lugares que entonces apenas podía imaginar.

No había grandes campañas culturales ni discursos sobre la necesidad de leer. Tampoco hacían falta. Había casas humildes, maestros rurales y libros que pasaban de unas manos a otras como pequeños tesoros domésticos. La lectura llegaba despacio, con la naturalidad con la que llegan las cosas importantes a la vida de los pueblos.

Quizá por eso sigo creyendo en la memoria lectora de nuestras tierras. En esas casas donde todavía permanece un libro olvidado sobre una mesa, una fotografía entre páginas gastadas o una dedicatoria escrita hace medio siglo. Pequeñas huellas que resisten al olvido y que cuentan, en silencio, la historia de quienes nos precedieron.

Vivimos ahora demasiado deprisa. Todo parece condenado a consumirse con rapidez. Sin embargo, algunos libros resisten igual que resisten ciertas casas antiguas: calladamente, soportando el paso de los años, las lluvias, las ausencias y el lento desgaste del tiempo.

A veces pienso que mi verdadera educación sentimental comenzó allí, entre aquellos pupitres y aquellos libros. Mientras mi abuelo caminaba despacio por la casa y el verano permanecía inmóvil detrás de las ventanas, yo aprendía que las palabras podían acompañarnos toda la vida.

Y quizá por eso aún sigo buscando en los libros algo más que literatura. Sigo buscando el rumor de aquella memoria, la voz de quienes me precedieron y el eco de aquel doblao desaparecido que todavía permanece, intacto, en algún lugar de mi corazón.

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