Ricardo Rubio / Europa Press
Ricardo Rubio / Europa Press

Desde mi ventana
Carmen Heras

Después de la guerra civil, los jóvenes (y no tan jóvenes) hubieron de volver a organizar su vida. Por lo que contaron, la mayoría de ellos habían creído que su historia era previsible: nacer, crecer, trabajar, formar una familia, tener hijos, criarlos y cuando fuese el momento fallecer en el mismo sitio que sus padres y abuelos.

Para muchos, la guerra cambió todo y modificó sus horizontes, ya nunca serian iguales pues cuando uno ve mundo, aun dentro de los márgenes estrechos y terribles de una contienda, la apreciación es, a la fuerza, muy diferente. Y el proyecto de vida cambia.

Mis padres fueron unos de estos jóvenes, casados mientras la segunda guerra mundial se producía, hubieron de buscar un lugar para vivir. Al principio los comienzos fueron difíciles, el sueldo solo daba para alquilar una habitación con derecho a cocina en casa de un compañero de trabajo, en un barrio de la capital. Allí nací yo. No me acuerdo, pero vine al mundo en una madrugada de otoño, antes de que las luces del día me enseñaran el camino, mi madre y una partera me ayudaron.

Mas adelante, las cosas fueron cambiando y mi gente pudo alquilar una casa propia en el casco histórico repleta para mí de todos los recuerdos de la primera infancia. Aun ahora, cuando de tanto en tanto paso por la calle donde está situada, no evito el acercarme al edificio, observar el portal y las ventanas desde donde mi mirada de niña veía el pequeño mundo alrededor. Cuando empiezas a escudriñar. Cuando todo impone.

Once años más tarde los términos cambiaron y nos fuimos a vivir a una casa propia. Detrás del momento, las múltiples horas de trabajo de mi padre, el ahorro férreo de las cuentas de mi madre, el convencimiento de los hijos de que las cosas se hacían así y los caprichos solo debían tener cabida cuando las necesidades importantes (alimentación, educación y sanidad…) estuvieran cubiertas.

Mientras escribo este artículo, escucho y veo un reportaje sobre los grandes conciertos que ahora mismo son la atracción de nuestros jóvenes. De las multitudes que generan, de los precios de las entradas, de cómo, cada vez más, se centralizan en lugares grandes, porque los elevados costes de las instalaciones aconsejan no tener que poner y quitar demasiadas veces los escenarios donde intérpretes, músicos y artistas actúan. Las televisiones muestran las colas interminables de aficionados a los que no les importa desplazarse muchos kilómetros (gastos incluidos) para asistir a este tipo de eventos o para obtener, previamente, las entradas; la voz en off detalla los precios de las mismas, del transporte, comida…

De manera paralela, presencio en la pantalla manifestaciones defendiendo el derecho a tener vivienda, el enfado de quienes hablan quejándose de no poder tener una casa céntrica, la repulsión que les provocan los caseros, todos ellos especuladores sin control y sin castigo, a los que hay que domar por insaciables. El locutor se hace eco de la protesta indiscriminada, alegando que a los jóvenes se les quita el futuro porque han de seguir viviendo en casa de los padres. Por no hablar (dice) de quienes, al no tener pareja, deben hacerse cargo de sus gastos…Y entonces una piensa que hay algo que no encaja, ni en conductas, ni asuntos, ni en las distribuciones. ¡Anda que… ya les vale…!

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