Historias de Plutón
José A. Secas
Serie: “A TRAGOS CORTOS”
Hay fechas que no se graban en tu calendario con letras de oro; ni siquiera con “Letraset”, sino con el fuego fatuo de nuestra más pura tozudez —melón, que eres un melón—. Corrían los finales del año 2000 en un Madrid que siempre ha sido muy propicio a los dramas cotidianos y al asfalto ardiente, probablemente porque hay mucha gente y muchos coches; pura estadística. Yo (junto con mi esposa y socia de aquellos tiempos) vivía en lo que los manuales de finanzas llaman «una fase de expansión»: nuestra empresa de marketing y producción de eventos se adentraba en una rentabilidad gloriosa y cómoda, sentíamos que el éxito empresarial se quería hacer amigo de aquella pareja de paletos venidos a más.
Nos situamos en noviembre, justo en el despegue de la temporada alta, cuando el consumo se vuelve una especie de liturgia colectiva. Dulce Navidad.
Para redondear el idilio cósmico, el día 7 de noviembre había nacido Ana, nuestra segunda hija. La vida me sonreía con la dentadura blanca de un anuncio de televisión. La empresa la dirigía a medias con mi esposa, una mujer de mente brillante, tenaz y resolutiva, capaz de cuidar mil detalles y a mil personas y no dejar (a base de mucho trabajo) ni un milímetro a la improvisación. Pero la biología no entiende de balances de resultados; ella estaba en su sagrado periodo por baja maternal, atendiendo a la recién nacida y a nuestro primogénito de apenas dos años. Un cuadro pastoril de color rosa con espumillón, si no fuera porque la campaña navideña se nos venía encima como un alud. Teníamos sobre la mesa la gestión de nueve eventos simultáneos en centros comerciales: cinco en Madrid y cuatro en el resto de la península. Con mi socia en cuarteles de invierno, el peso de la producción recayó sobre mí y dos altos directivos de confianza que habían nacido y crecido a nuestra sombra. Eran un muchacho y una chica jóvenes, recién casados (cada cual con su pareja), con la energía desbordante de quienes aún no conocen el lumbago, sin hijos, con ambición, sin miedo, con ganas de comerse el mundo… Eran nuestras dos columnas de Hércules, o eso creía yo antes de que se abriera el telón de la tragedia.
Faltaban cuatro días para que estallara la pirotecnia de las fiestas (vacaciones-lotería-Nochebuena-Navidad-inocentes-Nochevieja-AñoNuevo-Reyes-resaca-síndrome) y la tensión ambiental se podía cortar con un cuchillo: muchísimo trabajo de logística y producción previa. En ese preciso instante, mis dos jóvenes baluartes consideraron oportuno y éticamente permisible acorralarme en el despacho. No vinieron a sugerir, sino a exigir con una presión extorsionadora y un compás de espera inmediato: o había un aumento sustancial de sueldo o el barco de la Navidad se quedaba sin timoneles. Me pusieron en lo que vendría siendo (que diría el otro) entre la espada y la pared.
Aquí es donde el intelectual humanista que pretendo ser debió haber emergido. El libro de instrucciones del buen líder empresarial dicta que, ante el chantaje, uno sonríe, asiente, promete el oro y el moro para salvar la campaña y, una vez pasado el peligro, ejecuta la respuesta en frío. La diplomacia consiste en posponer la bofetada. Pero me poseyó el demonio de la soberbia, sentí que me tocaban los orgullos y, con los cables pelados por la presión ambiental y la falta de sueño, abrí la boca para dejar salir la catástrofe. Mientras tanto, ese silencio espeso que tapona los oídos y la conciencia por dentro, golpeó a la presión sanguínea en las sienes, enmudeció el razonamiento y tiñó de rojo el brillo de los ojos y la idea de la calma. Un tic-tac eterno e impulsivo desató un latigazo de sudor frío con sabor metálico y acre. Les grité que a mí no me amenazaba nadie en mi propia casa y, con un empacho de vanidad, los puse de patitas en la calle en ese mismo segundo con mi dignidad “intacta”. Qué gran coraje y qué colosal error.
La soberbia dura lo que tarda en disiparse el eco de la puerta al cerrarse. De pronto, se hizo el silencio: nueve eventos y cero directivos. Lo que aconteció después fue un descenso a los infiernos del pluriempleo. Mi socia y esposa tuvo que abandonar el retiro del lactante, activamos el protocolo de emergencia con abuelos y suegros para que contuvieran los llantos en casa, y nos convertimos en un ejército de dos: una mujer recién parida haciendo lo que buenamente podía y un servidor completamente desquiciado por la cafeína y la culpa. Trabajábamos catorce horas diarias, sustituyendo a los desertores con un personal improvisado, reclutado a toda prisa en las esquinas del gremio y sin ninguna experiencia. Sacamos la campaña adelante, sí, pero el precio principal no se cobró en el banco, sino en la salud, en un desgaste emocional pavoroso y en un sufrimiento que aún me cruje en los huesos. Además, las costuras terminaron por romperse. El mal tiempo trajo imprevistos meteorológicos que nuestro improvisado equipo no supo cubrir, lo hicimos rematadamente mal con uno de nuestros mejores clientes y lo perdimos para siempre. La reputación nos miró con desprecio desde lejos.
Cuando terminaron aquellas fiestas y pudimos mirarnos a la cara entre los restos de confeti y los pañales, estábamos exhaustos y vacíos. Habíamos ganado batallas, pero la guerra nos había cambiado el alma. Nos dimos cuenta de que el crecimiento empresarial nos estaba costando la vida misma, así que tomamos la decisión más drástica: recogimos velas, abandonamos la ambición del tamaño y cambiamos el rumbo de nuestra existencia para siempre: nos volvimos a Cáceres con los abuelos. De toda aquella ordalía me quedó una cicatriz y una máxima que llevo grabada a fuego: jamás, bajo ninguna circunstancia, se toma una decisión importante con la sangre hirviendo. Cuando te fuercen a decidir entre la espada y la pared, el único movimiento inteligente es quedarse quieto y parao.
Respira diez veces, di que lo consultarás con la almohada y pide veinticuatro horas. Compra tiempo, porque el tiempo es el único disolvente eficaz de la vanidad y el amor propio mal canalizado. El arranque impulsivo es patrimonio de los necios; la pausa es el templo de los sabios. Si hubiese respirado aquel día, habría toreado la situación, habría salvado el negocio con sosiego y la estrategia de mi vida habría sido otra. Pero claro, entonces no sería este cronista irónico y con el culo pelao que hoy lo cuenta con una media sonrisa de perro viejo y otra media de “esto es lo que hay” o, como diría María Sis: “lo que sucede, conviene”.


























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