La amistad y la palabra
Enrique Silveira

A pesar de que el homenajeado era él, notaba Luis Miguel ese sarpullido interior, esa escocedura en el alma que le provocaban todos los actos protocolarios, inevitablemente repletos de artificio y encorsetamiento. No quería exhibir su repudio so pena de que lo tildaran -con razones más que suficientes- de desagradecido, defecto que seguro se encontraba en la larga lista de los que adornaban su idiosincrasia, pero que no quería evidenciar porque nunca había sido capaz de desalojar de su memoria uno de los muchos refranes que su madre usaba como armamento educativo: “De bien nacido es ser agradecido”. Y otra cosa no, pero de siempre había luchado con vehemencia para no desilusionar a su bendita madre. Aunque ya no estuviera, percibía su presencia; eso le ayudaba a aparentar alegría cuando en realidad ansiaba salir de allí como si en vez de recibir un prestigioso premio le hubieran invitado a su propio fusilamiento.

Nunca había pensado que los galardones fueran la mejor manera de reconocer su implicación con la literatura; Luis Miguel se habría dedicado a escribir aunque sus escritos no le hubieran proporcionado cierto éxito y más dinero del que nunca hubiera imaginado. Además había leído demasiadas obras condecoradas que le habían decepcionado, de ninguna manera quería sumarse a esa nutrida tropa de autores públicamente reconocidos, miembros del Olimpo oficial, que le aburrían hasta la exasperación y cuyas obras en demasiadas ocasiones acababan como regalo inesperado a algún invitado o en una caja en el trastero, desmerecedoras de un lugar de alcurnia en sus estanterías.

Sí reconocía Luis Miguel que le regocijaban los aplausos, las sonrisas y los vítores de su mujer y de sus dos hijos en esos eventos. De hecho, en sus intervenciones – tras un estrado que se asemejaba demasiado a un púlpito – parecía dirigirse a todos los asistentes, pero no dejaba de observar a sus familiares, que eran el mayor logro de su existencia, y distinguía cada uno de sus gestos de júbilo para después, en la intimidad, devolvérselos con el debido agradecimiento.

Lo peor de esos días de oropel llegaba a la hora de atender las ruedas de prensa, en las que se repetían las preguntas con tal contumacia que más parecían una forma de tortura que un modo de obtener información esclarecedora. En el centro de la mesa, flanqueado por personas allegadas que hacían la función de la Guardia Pretoriana, se disponía Luis Miguel ante los periodistas que lo mismo asaeteaban con sus preguntas a un literato, a un representante de futbolistas o al joven político que se muere por ocupar ese asiento. Su sonrisa de ceremonia no revelaba la enorme incomodidad que le suscitaba aquel trance, pero jamás se sublevaba contra las directrices de su editor, que se había convertido también en consejero y amigo, por eso de que desde los flancos se ve la realidad de otra manera y conviene ampliar la perspectiva.

Siempre esperaba Luis Miguel que al menos la primera cuestión no versara sobre cuánto de autobiográfico tenía su obra… Algunos eran incapaces de entender que la mente de un ser humano está lejos de la compartimentación de la que gozan los ordenadores, competentes de sobra para ubicar cada cosa en su sitio, pero ineptos a la hora de ofrecer elementos aglutinadores y con matices caprichosos.

Como todos los autores Luis Miguel usaba recuerdos, experiencias, sensaciones que se habían grabado en su memoria, aunque jamás se detenía a reflexionar sobre si un hecho o un personaje provenía de aquí o de allá. Más bien se dejaba llevar por el totum revolutum propio de su actividad literaria y vital; mejor dejar esas zarandajas a los críticos, que en ocasiones descubren entresijos en sus obras que él mismo nunca hubiera imaginado.

Seguro estaba de que otra pregunta se dirigiría a sus lecturas y ello se sustenta en que resulta difícil encontrar un escritor que no haya sido antes un buen lector. Esas cuestiones le invitaban a rememorar su adolescencia y su juventud; en la casa familiar era imposible sustraerse a la lectura: su padre, un bibliófilo empedernido, se ocupó durante toda su vida de que los libros formaran parte de la existencia de sus retoños. Nunca les obligó, pero los anaqueles repletos suponían un anzuelo imposible de ignorar. La lectura se erigía como actividad habitual; reubicar el libro ya devorado e inmediatamente buscar un sucesor, un lance cotidiano, ni mucho menos una anomalía o una proeza. Claro que Luis Miguel observaba los infinitos instrumentos de diversión que llenaban la vida de sus hijos y entendía que no aprovecharan con excesiva fruición su frondosa biblioteca: si él hubiera gozado de tales distracciones, probablemente muchos de los autores a los que reverenciaba serían unos completos desconocidos. Nunca pudo destacar los escritores que más le habían impresionado; sí ocurría que algunos habían dejado una huella más profunda, pero todos se solapaban entre sí y a menudo tenía dificultades para reconocer los méritos de cada uno. También era cierto que muchos no habían conseguido dejar una leve marca en su memoria.

Tampoco podía faltar otra pregunta de obligada presencia: ¿Por qué escribir? ¿Y por qué no? Recordaba Luis Miguel la respuesta de Edmund Hillary cuando le preguntaron por qué escalar el Everest: “Porque estaba allí”. La escritura también estaba allí; no era necesario aducir justificaciones tan sonoras como que supone una liberación del alma, que a través de ella uno se comunica con el mundo o que hace de espejo de las entrañas; sólo estaba allí.

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