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Reflexiones de un tenor /
ALONSO TORRES

Aquella muchacha oriental me dejó, a la temprana edad de ocho años, “desequilibrado”. En la tarde en que la vi por primera y última vez, olvidando todos los mandatos maternos de seguridad y responsabilidad, la seguí hasta más allá de los límites de mi barrio, e incluso la hubiera seguido hasta el mismísimo fin del mundo si ella hubiera ido hasta allí, pero solo llegó hasta la calle 30, a una floristería. Estaba lejos de mi casa y deambulé arriba y abajo, di vueltas y más vueltas, rodeé la manzana en un par de ocasiones. Pasé más de una docena de veces por delante de la puerta, por delante del precioso escaparate, y supe que trabajaba allí. La floristería era propiedad de un antiguo herido de guerra que llevaba un extraño vendaje alrededor de la mandíbula. Detrás de la tienda había un invernadero donde cultivaban las flores que luego vendían a la gente del barrio, desconocido para mí.

La hubiera seguido hasta el mismísimo fin del mundo

Pasaron los años y Tomás y yo nos enamoramos de la Bella Dorotea, como llamábamos a nuestra vecina Dorotea, y ella me trajo a la memoria a la chica asiática de la floristería porque estudiaba Botánica en la Facultad de Ciencias. La Bella Dorotea, que pasó a llamarse con el tiempo Doris, al final, se quedó con mi hermano; él tuvo un aparatoso accidente de tráfico, y durante su convalecencia y recuperación, se acercaron tanto, se dijeron tantas cosas, sintieron tanto juntos que fue inevitable la unión entre ellos. Enseguida alquilaron un apartamento en un viejo edificio de ladrillo y madera, una reliquia de otros tiempos. Le dieron vida a la calle con su alegría y su amor. Decían, los transeúntes, que en esa zona de la ciudad era donde más cantaban los pájaros, más y mejor. Entonces me fui a los mares, me enrolé en la marina mercante, y me dediqué al tráfico, legal, de corales para joyería. Les regalé, a mi hermano y a su hermosa mujer para cuando se casaron, un gato que no era de una raza especial, un gato callejero hijo de una gata callejera, bonito, rojizo, negro, blanco y ronroneador, y según avanzados estudios científicos, el ronroneo de los gatos es muy beneficioso para el corazón.

Alquilé una villa con jardín en las afueras, más allá de los bulevares y del Gran Parque, y dibujé, para colgarlo a la derecha de la chimenea, en un hueco practicado para el caso, entre los estantes de la biblioteca, un mapa de mi ciudad. Siempre me ha gustado la cartografía, y en allí estaban señalados con alegres colores las direcciones de mis seres queridos: la primera casa de mis padres y su residencia definitiva; la de mi hermano, Dori y sus dos mágicos hijos; la dirección de la floristería donde trabajaba la chica que presuponía china, y algunas direcciones de amigos y amores… posibles, presentes, imposibles y pasados. Me gustaba observarlo tras la vuelta de mis viajes, cuando encendía el fuego después de limpiar el tiro, y me sentaba en el viejo sillón de cuero dando a mis pensamientos libertad. Ensoñaba mirando las llamas, y el mapa, y veía las calles y avenidas por mí trazadas, las plazas, los parques… El jardín que tenía alrededor de la casa lo dejé a su libre albedrío, en libertad, no lo cultivé, no lo podé, no lo roturé, no lo cuidé en la forma en que se cuidan los jardines particulares, y una tarde, detrás del pozo, descubrí que anidaban serpientes bastardas, grandes y marrones, comedoras de ratas y ratones. En una mañana no necesariamente de invierno, inventé que no me gustaba mi vida de empresario exportador-importador, ahora ya no de coral, sino de oro y piedras preciosas venezolanas, y miré desde la calle por última vez mi casa, con su mapa dentro, y dejando abiertas puertas y ventanas, también la cancela, me fui hacia los bosques nevados y lejanos de los blancos abedules. Hoy solo extraño a la muchacha de la Calle 30.

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