Minimalismos
Vicente Rodríguez Lázaro

(Cristo Negro)

Sabía que le quedaba poco tiempo de vida. El tumor se había extendido y las metástasis ocupaban ya varios órganos vitales. Conocía la leyenda oscura del Cristo Negro que durante varios siglos lo consideró intocable. A él no le importaba, si esta era cierta acabaría su sufrimiento en el mismo instante que pusiera sus manos sobre la imagen. Y si no lo era, al menos se consolaría con el tacto de su piel oscura.

Entró en la Concatedral, se acercó al misterioso Crucificado, colocó sus manos sobre sus piernas delgadas y se abrazó a Él. De inmediato sintió un calor reparador en su cuerpo, un bienestar que hacía demasiado tiempo no experimentaba. Dio media vuelta tras dar las gracias al Cristo y se marchó lleno de júbilo.

Los fieles que visitaban el templo se acercaron al Cristo Negro consternados. Abrazado a sus pies había un hombre arrodillado, estaba muerto; pero su rostro expresaba un gesto de paz, de serenidad y de alegría pocas veces visto en un fallecido. Todos pensaron que la imagen sagrada habría tenido que ver algo en ese suceso portentoso y no andaban desencaminados.

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