José Cercas

Hay ciudades que se recorren y ciudades que se recuerdan. Cáceres pertenece a esta última categoría. Quizá porque sus piedras no parecen haber sido colocadas para sostener edificios, sino para sostener la memoria frente al tiempo.

Cuando era niño, la ciudad antigua todavía conservaba una forma distinta de silencio. No había entonces la multitud de visitantes que hoy recorren sus calles admirando la belleza de sus murallas, de sus palacios o de sus torres. Había, sobre todo, vecinos. Había niños. Había vida cotidiana transitando por un escenario que nosotros considerábamos natural y que el mundo terminaría descubriendo años después.

Recuerdo las canterías, las calles del barrio de San Blas, las inmediaciones de Santiago. Recuerdo la sensación de aventura que despertaban aquellas piedras antiguas. Cada esquina parecía guardar un secreto; cada callejuela conducía a una historia que nadie nos había contado todavía. La ciudad no era entonces un monumento. Era un territorio de exploración.

Con los años comprendí que aquella fascinación infantil tenía una explicación sencilla: Cáceres posee la rara virtud de convertir la historia en una experiencia física. En pocas ciudades se percibe de manera tan intensa la continuidad del tiempo. Las generaciones pasan, las costumbres cambian, los nombres se olvidan, pero las piedras permanecen observando el tránsito de los siglos con una serenidad casi humana.

Quizá por eso el visitante contempla belleza donde quienes nacimos bajo este cielo reconocemos algo más profundo. Reconocemos una herencia. No solo la de los edificios, sino la de quienes caminaron antes que nosotros por esas mismas calles. La memoria de una tierra no se conserva únicamente en los archivos; también permanece en los lugares donde la vida ha dejado su huella.

Hoy Cáceres es admirada dentro y fuera de nuestras fronteras. Lo merece. Sin embargo, cuando regreso a ciertos rincones, sigo buscando algo que ninguna guía turística puede mostrar. Busco la ciudad de mi infancia. Aquella que aparecía al doblar una esquina. La que convertía una tarde cualquiera en una aventura. La que me enseñó que la historia no pertenece únicamente a los libros.

Porque las ciudades, como las personas, poseen varias vidas. Está la ciudad visible, la que contemplan los visitantes. Y está la ciudad secreta, la que cada uno guarda en la memoria.

La mía sigue allí. Entre las piedras de San Blas. En la sombra antigua de Santiago. En aquellas canterías donde un niño descubría el mundo creyendo que solo estaba jugando.

Y quizá esa sea la verdadera grandeza de Cáceres: no haber resistido únicamente el paso de los siglos, sino seguir habitando, intacta, el recuerdo de quienes la amamos.

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