Historias de Plutón
José A. Secas

Mi barco, y el de toda la humanidad, zarpa ilusionado a navegar el mar de la vida. Algunos vivimos tierra adentro y toda la travesía se realiza sobre pasto y solo el lenguaje y los sueños permiten sentir las olas. Navego con un cuaderno de bitácora pasado a limpio. Me lanzo a navegar en estado de gracia. ¡Cuanta alegría, esperanza y belleza esconden los principios! La ilusión de un horizonte alcanzable donde se jalonan las islas de los tesoros, los cantos de sirenas y Bob Esponja. El día que zarpamos para una singladura o para toda una aventura, todos somos capitanes: somos el mítico Elcano, el atormentado Nemo, el entrañable capitán Haddock o el canalla de Jack Sparrow. Trazamos mapas y cartas de navegación mirando a las estrellas o al GPS con la convicción de que el destino es un sumiso sirviente. Ilusos de nosotros nos decimos: «A los treinta, habré conquistado las islas de la estabilidad emocional y económica; a los cuarenta, poseeré el galeón de la plenitud vital, a los sesenta abriré el cofre de la sabiduría…”. Oh, la bendita y adorable arrogancia de la juventud, o de los lunes por la mañana cuando pasamos la página de la agenda de semana vista. Qué fácil es pilotar la nave cuando el mar es de tinta y el barco es de papel (como ahorita mismo).

Pero resulta —y aquí viene el inevitable giro de esta tragicomedia con sabor a sal marina— que el propio océano no sabe de nuestros mapas. Más bien le importa un bledo (pito, carajo, pimiento o comino, a elegir); no somos más que un copépodo del zooplancton. De repente se desata la galerna y el cielo se cierra de negro y rayo, las olas crecen como pirámides de Egipto y el viento sopla haciendo sonar las trompetas del apocalipsis. Se pone la cosa muy malamente (que diría Chiquito). Pasan cosas. Tu negocio va a la quiebra, te salen cuernos celosos, se te revienta el alma por el costado de babor, te partes mil huesos o te ponen unas esposas (a la espalda). Cruje la madera del palo mayor.

Y ahí nos vemos a la deriva, como una colchoneta de playa sobre la primera ola de un tsunami, aferrados al timón, calados hasta los huesos, temblando de pavor y preguntándonos la frase que inmortalizó Almodóvar: ¿Pero qué he hecho yo para merecer esto?.

Es la hecatombe. El momento en que la vida te da dos hostias con la mano abierta y te sacude los hombros como a un pelele. Es el instante en el que te das cuenta de que no eres nada ni nadie, que no pilotas buque ni piragua y que puedes seguir chapoteando y braceando un poco más antes de que te ahogues o que cese el temporal. Claro que nos desviaremos del rumbo, perderemos el norte, encallaremos en bancos de arena mental (y mencual) y terminaremos hablando con las gaviotas que anuncian la tierra firme, de nuestras cuitas, por desahogarse uno, no más. Es que somos humanos, es que vivimos en un bello caos. Es que esto es lo que hay, majete. Tampoco es para tanto… o al menos nos consolamos diciendo eso mientras achicamos agua con las manos.

Y es justo cuando estás metido en faena y en medio del jaleíto, cuando ya tenemos claro que nos vamos a enfangar hasta el cuello, donde ocurre el suceso mágico y más puramente humano. El barroquismo del sufrimiento da paso a la sencillez del ser. Escudriñamos las entretelas de nuestro espíritu y descubrimos que, bajo las capas superpuestas de rencor, de miedo, de orgullo herido y de ambiciones frustradas, hay un ancla de oro y diamantes: la chispa divina de la vida, la resiliencia, el alma profunda, la esencia vital; llámalo equis. En ese preciso instante nos damos cuenta de que el verdadero cuaderno de bitácora que empezó como diario de adolescente no se escribe con los éxitos que acumulamos, sino con las cicatrices que aprendemos a lucir y exhibimos con elegancia y dignidad. Entonces conseguimos mirar al cielo y percibimos las señales cósmicas no como guías infalibles e inefables hacia un tesoro material y terrenal, sino como recordatorios permanentes de nuestra gloriosa y minúscula insignificancia universal. ¿Qué es un naufragio material comparado con la inmensidad del océano que llevamos dentro? Una pura anécdota, una circunstancia jocosa, un chiste que contaremos en la taberna portuaria de la siguiente escala.

Al final, la galerna se traga sus vientos, la tormenta seca sus relámpagos, cesa el ruido y se calman las olas. Entonces el horizonte se muestra límpido y un rayo verde nos invita a la comunión con el todo. Es la paz. Recogemos velas. Remendamos los jirones de la lona con el hilo de la experiencia y enfilamos el rumbo de nuestra nave hacia un puerto seguro. Pero ya no somos los mismos capitanes con galones orgullosos que zarparon aquel amanecer. Ahora somos viejos lobos de mar, con la piel reseca de sal y vientos, mucho más sabios, lucimos una sonrisa irónica y los ojos brillan llenos de horizontes.

Por fin aprendemos que la verdadera maestría no consiste en evitar las tormentas, sino en saber bailar sobre la cubierta mientras el mundo hace aguas. Arribamos a la calmada bahía de la madurez, echamos el ancla y nos sentamos a registrar por escrito las últimas líneas de nuestro aciago día. Miramos con indulgencia nuestro cuaderno. Apreciamos los tachones y manchas de tinta o de café, la salpicaduras con costras de salitre, los párrafos subrayados y las anotaciones en los márgenes o a pie de página. Precisamente es esa imperfección y autenticidad la que hace del relato la pieza literaria más hermosa jamás escrita; tu obra maestra.

Y así, mi querida amiga, es como este marinero de la palabra de tierra adentro recoge velas, apaga el faro de la elocuencia y la verborrea y se sienta a esperar tu veredicto. ¿Te convence mi viaje o añadimos algún monstruo marino?

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