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La magia del iceberg /
VÍCTOR M. JIMÉNEZ

Al norte existía un valle que con los primeros llantos de la primavera se pintaba del blanco inmaculado de las flores de los cerezos. Ella huyó de allí mucho antes de que el invierno diera su último suspiro y no regresó jamás. Entonces yo era un chiquillo de apenas trece años. Recuerdo su rostro pegado a la ventanilla del autobús. Sus labios rosas esbozaron la sonrisa de siempre, pero sus ojos se nublaron con una tempestad de lágrimas. Los dedos, contra el vidrio frío, parecían aferrarse a aquel instante que se evaporaba sin remedio. El vehículo puso rumbo a un lugar entonces tan lejano que parecía no existir más que en los libros de texto. Me quedé dos horas clavado en mitad de la plaza desierta, aterido y con la pena atada a mi garganta.

Durante diez años leí libros de poesía y un buen día me fui a buscarla. No tuve dificultad en dar con ella. Acudí a una librería donde firmaba ejemplares de su última novela a decenas de lectores. Cuando estuvimos frente a frente, me identifiqué. Salí de allí con su libro, una dedicatoria estándar y el verdadero sabor de la vida en la boca.

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