Historias de Plutón
José A. Secas
En ese batiburrillo gazpachero en el que se cultivan mis inquietudes, últimamente me ha dado por el determinismo filosófico. Entre mis neuronas expertas, moribundas, novatas y recién generadas, se producen conexiones que miran por mi bien y me conducen por un camino de aceptación de las circunstancias. Llegados a este punto, como diría Manolo, solo me queda argumentar el porqué de este estado tan negligente donde uno le echa la culpa de todo lo que pasa a cualquiera menos a uno mismo. Definitivamente, este asunto «me lo tengo que ver»…
Me pongo serio con el tema y comienzo a investigar. Lo primero que me sorprende es que aparece un fantasma conocido del pasado: el amigo Laplace; sí, el mismo que cedió su nombre para que se encastrara (en un percance predeterminado) en el de un grupo de música pop-rock cacereño de los 80 donde dejamos fluir creatividad musical joven en aquellos gloriosos años de la movida (¡cuánto tiempo!). El amigo Pierre-Simon —redundante nombre a la francesa—, allá por el primer cuarto del siglo XIX, comenzó a comerse el tarro con lo que terminaría siendo conocido como «el demonio de Laplace», que no es otra cosa que un personaje imaginario que tiene la facultad de conocer las propiedades iniciales de todas las partículas de la naturaleza y del universo, con tal precisión, que puede aplicar las leyes naturales para adivinar lo que ocurrirá al instante o bien, en mucho tiempo; desde un movimiento preciso… Vamos, un fenómeno con madera de superhéroe.
Esto me da que pensar en el hecho de que si hoy he elegido tostadas en vez de cereales, no es más que el resultado de una colisión de átomos que empezó con el Big Bang. Está claro que si conociera usted, amigo lector, la posición de cada partícula del universo, ¿podría leer este artículo antes de que lo escribiera? Uf, qué pedrada filosófica más aturrullante, ¿verdad?
Sigamos con el determinismo y detengámonos en la falacia de la agenda. ¿Cuántas veces hemos diseñado en nuestras cabezas febriles un plan perfecto para que un simple estornudo del destino (un semáforo en rojo, una llamada inesperada, una decisión a destiempo) lo mande todo al carajo? «El hombre propone…», pero el azar, el plan primigenio, el destino o diostodopoderosoyeterno tiene otros datos y maneja algoritmos propios con resultados infalibles.
Ahora le voy a dar cancha al argumento del ADN como guionista del libro de mi vida y pienso —luego existo— en cuánto de lo que llamo «mis decisiones» es en realidad mi código genético o la educación que recibí sin pedirla (por ejemplo). ¿Soy capitán de la nave de mi existencia o simplemente un pasajero con un manual de instrucciones muy detallado y una carta de navegación precisa? «De tal palo, tal astilla». Anda, chúpate esa.
Venga, vamos a echar más carnaza para el guiso de la cabeza caliente… A veces creemos que hemos llegado a un sitio por méritos propios, cuando quizá solo fuimos empujados por una serie de carambolas. Solo de pensar en la mano invisible de las circunstancias y que no soy más que una bola de billar que se cree que ha decidido entrar en la tronera de turno, me produce escalofríos. Mire a ver si este caos no es tal.
¡Más madera! Ahora toca estrujarme el cerebro con el consuelo del fatalismo, que es muy desenredado pero te deja vacío, y me pregunto: ¿Es liberador o aterrador pensar que «lo que ha de ser, será»? Si el guion ya está escrito, ¿se me va a quitar el peso de la culpa por los errores pasados? «Nadie hurta lo que el destino le otorga». Lo dicho: un alivio.
Me pongo a pensar que soy el resultado de miles de «propuestas» de mis antepasados que eltodopoderosoyeterno (o la vida misma) dispuso de tal forma que terminaron en mí. Soy una herencia que camina. Soy consecuencia de mis ancestros y solo un paso más de un trayecto impreciso que se agotará en los tataranietos de mis tataranietos (si eso…). Para compensar, quizá necesito creer que elijo para no volverme loco y me cuestiono si es la libertad solo el nombre que le damos a nuestra ignorancia sobre las causas que nos mueven. La ilusión del libre albedrío es una buena tabla de supervivencia. Me agarro a ella, oye.
Ahora toca imaginarme al universo como un mecanismo de relojería suiza (muy barroco esto, me encanta). Si una pieza decide moverse por su cuenta, ¿se romperá el reloj o es que ese movimiento «rebelde» ya estaba previsto en el diseño original? Estas comeduras de tarro van a acabar conmigo. Ahí va otra apoyada en un refrán entendido como una ley de la física (casi nada): «Al que nace para martillo, del cielo le caen los clavos». ¿Es posible que nuestra naturaleza (el «martillo») determine irremediablemente nuestras experiencias (los «clavos»)? Ahí lo dejo para que penséis un poquino.
Y para rematar, me voy a quedar con una cuestión muy estimulante que también es determinista a tope y te deja espacio para la reflexión. Se trata de la belleza del «mientras tanto», que se detiene en que si el final está escrito, lo único que nos queda es la estética del proceso. No podemos cambiar el destino, pero ¿podemos elegir con qué talante, actitud, garbo y donosura caminar hacia él? Yo sí. Elijo susto por muy determinado que sea.



























