Desde mi ventana
Carmen Heras

Durante unos cuantos años de mi niñez dormí en una alcoba. Esos lugares recogidos de las habitaciones. Separados de ellas por una gran cortina. Oscuros, por definición. Para que no te despierte la claridad.

De nada valen los discursos si no van refrendados con los hechos. Terminada la etapa teórica se necesita el vigor suficiente para aplicarla y eso no lo hace cualquiera. Ortega y Gasset decía que la vida interior de muchas personas se reduce a la de sus palabras, pero aun así yo pienso, como Landero y tantos otros, que las palabras son altamente necesarias. Siempre he creído en su poder y lugar en la explicación del mundo.

Tardaron en aparecer, al menos tal como las conocemos, pero una vez construidas y adaptadas para poder servir al común de los mortales, su importancia y papel en la vida, en cualquier vida, es una evidencia de tal calibre, que forman parte crucial, por derecho propio, de cualquier socialización.

Por eso la lectura y la escritura son instrumentos fundamentales en el desarrollo humano. Con la primera, se entra en los mundos diversos existentes por ahí. Y se puede, al tener acceso a ellos, reflexionar largamente sobre sus características. Dejar de lado ese egocentrismo absurdo que nos equivoca al creernos reyes de la creación. Con la segunda, se recapitula, sintetiza y se guarda todo lo que de importante tiene una existencia. Por pequeña que sea. O humilde.

Debiéramos, entonces, escribir. Para nosotros mismos, al menos. Por conocernos mejor, y por eso mismo, conocer mejor a los otros. Y no se trata de confeccionar un diario, circunspecto, minucioso y lánguido de adolescentes. Ni siquiera de hacerlo cada día. Pero redactar nuestras vivencias sí debiera hacerse. Porque nunca son “cualquier cosa”. Me di cuenta con absoluta certeza, la otra tarde, y recordé al rey emérito cuando mencionaba el consejo de su progenitor sobre que un monarca no debe nunca escribir sus Memorias. Pues yo creo que sí. Y animo a cualquier ser humano, líderes incluidos, a hacerlo. ¿Imaginan ustedes todo cuanto Don Juan pudo haber legado de los hechos de su existencia, a través de propios recuerdos, para la posteridad?

Y reafirmo lo de darme cuenta, porque no hace mucho unos amigos, en la sobremesa de una estupenda comida, inquirieron sobre ciertos asuntos de mi práctica política. Y al relatarlos, percibí el inmenso contraste entre la opinión generalizada sobre ellos y la realidad objetiva de los mismos. Los muchos matices importantes que el relato oficialista ha opacado y, en la mayoría de los casos, destruido.

En este mundo en el que vivimos, tumultuoso y servil al mismo tiempo, somos seres necesitados de cordura, necesitados de un saber propio sobre nuestras más íntimas necesidades y motivaciones. Para poder afianzar un criterio, y no ser juguetes inanimados, movidos simplemente por los afanes (y peleas) de los otros.

Escribir te obliga a analizar retrospectivamente, hace emerger los detalles que, por unas causas u otras, quedaron recogidos en las múltiples alcobas del tiempo y la memoria, esos lugares a donde apenas llega la luz y si lo hace, se percibe escasa y desvanecida.

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