Reflexiones de un tenor /
ALONSO TORRES

Olga nos invitó, a toda la familia (niño, esposa, madre, que fue su primera profesora, y a un humilde servidor, “billetes de avión incluidos, por supuesto. Alonso, todo corre por cuenta de mi sponsor, el alojamiento también, Hotel Canalgrande, ¿o tú qué te pensabas cuando firmé aquello, eh?”, me dijo por teléfono, en el cálido verano como una losa de hace unos meses), digo, que Olga T. G. nos invitó a Módena para escuchar un concierto con su nuevo piano, un Fazioli “Malachite” (la rehostia montada en un caballo color caramelo).

Le van muy bien los negocios (es concertista) y nosotros nos alegramos (cosa extraña entre músicos, ya que ésta es una parroquia cainita y envidiosa donde las haya; lo que pasa es que Olga es pianista, y yo, afortunado de mí, cantante lírico del Lejano Oeste Peninsular, y no nos pisamos los “bolos”… je, je, je).

Se vistió para la ocasión he hizo que l@s invitad@s también lo hiciéramos así, o sea, que tuvimos que ponernos de “tiros largos”: traje de noche para ellas y smoking, of course, para nosotros. Y salió a escena (en la cochera de su chalé ha organizado un salón, espacioso, y allí estudia a horas intempestivas u organiza “soirèes”). Ya sabíamos cómo se las gasta la señorita cuando interpreta a los grandes, pero aquella noche, tras Schumann, Chopin y Schubert quedamos paralizados, y no pasó lo de “El ángel exterminador” de Buñuel, pero casi.

Siempre soñó, ella, con tener, tocar y acariciar un Pleyel.

Al final del concierto, apenas una hora y cuarto (¿quién fue el cretino que dijo que Schubert se alargaba demasiado?), hubo un silencio “extasioso”, pleno (¡¡¡cual si todos los reunidos allí fueran alumnos místicos, ya les gustaría a ellos, del finado Abbado!!!!), y el que rompió la baraja fui yo, que abalanzándome hacia la intérprete (algunos la llamaron “medium”, hay que ser cretino) la abracé, la besé y pensé que aquello había sido excepcional, impresionante, maravilloso, pero también que mi amiga había tenido que salir de España para ganarse el jornal y ser reconocida en su trabajo, y tenida en cuenta y valorada… en fin, nada nuevo bajo el sol (de Eggpaña y su MierdaMarca ¡y que viva Panamá!).

Estuvimos reunidos hasta la madrugada (trajeron de la Aldina, una trattoria, todo tipo de viandas y vino, lambrusco, que es lo peorcito del mundo mundial, pero lo mejor en publicidad que he visto jamás), y en un aparte le pregunté, “¿y el Pleyel, después de esa máquina, ya no te lo comprarás, verdad?”. “¡Ay, Alonsito!, Pleyel ha muerto, lo sabes, ¿no?, se ha dejado de fabricar en Francia, y para que lo cojan los chinos, en serio, mejor que sea enterrado”. Siempre soñó, ella, con tener, tocar y acariciar un Pleyel.

 

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