Historias de Plutón
José A. Secas

A las siete y veinte, el aire en el camino no era aire, sino una marea de ámbar estancado que crujía bajo mis pulmones. En ese instante, lo vi aparecer: no era simplemente un individuo corriendo, era mi propia juventud recuperada y viva que se había fugado del reflejo de un espejo añejo para entrenar su zancada cadenciosa bajo el suave sol de la tarde. Tenía el cabello como una veta de carbón y sus pies apenas besaban el polvo, poseído por esa insolencia de pura presencia de quien todavía no conoce la gravedad de algún remordimiento. Al detenerlo con un gesto seco con palma en alto y palabra tajante, el tiempo se combó como una fotografía demasiado cerca de un fuego y el silencio olió de repente a huerta fresca y a camino a casa.

—Sé mi doble —le dije, y mis palabras salieron de mi boca convertidas en pequeños virotes de ballesta que se clavaron en el suelo como cipreses de cementerio.

Su rostro no transmitió asombro, solo una aceptación robótica, casi de orante al cielo. Descolgué de mis hombros las correas del eterno cansancio como si fueran de plomo y las dejé caer suavemente sobre sus espaldas como una sombra, como una mancha de pesadilla y decadencia a partes iguales que dijo adiós a mis suelas y atrapó su tobillo y su pisada.

La transmutación de identidades fue una suerte de metamorfosis química casi imperceptible mezclada con la alquimia de las sombras: mi anillo de bodas en su dedo anular de la mano izquierda echó raíces instantáneas en su piel y en su carne, reclamando su cuerpo como territorio recién conquistado. Las llaves de casa en la guantera, las llaves del coche al otro bolsillo, la mirada para la conexión mental de alto rango establecida. Le entregué también el color de mis banderas y el índice de mis silencios, mientras veía cómo su mirada, antes limpia, empezaba a agrietarse con el rojo de mi sangre vertida en batallas acumuladas y guerras perdidas.

Aquel hombre bueno, o simple, aceptó el trueque con la naturalidad del sol que se oculta al llegar la noche, asumiendo el peso de mi ser, de mí, de mi nombre escrito a maza y cincel sobre la losa que colgaba de su cuello como una medalla de los JUDEX. Me fijé en cómo se perdía por el camino hacia la ciudad de toda su vida con el paso arrastrado y la espalda encorvada, con la absurda creencia de que su vida no había cambiado. Ni la herencia de la sangre ni el dictado de las células supieron que, desde ese momento, pertenecían a otro dueño.

Aparcó el coche en mi garaje, giró la llave de la puerta de casa, entró en mi hogar y besó a mi mujer con mi propia boca. Mi mujer conocía los besos de compromiso y había olvidado los besos de pasión y ese reciente beso había sacudido círculos nerviosos y abismos olvidados a partes iguales. Ella recibió el beso con un infinito gozo interior, como cuando te viene a la mente la última palabra de crucigrama. No sé si era consciente de que se estaba entregando en cuerpo, corazón y alma a un hombre que tenía mi rostro pero que habitaba mi vida con una convicción que yo había perdido hacía un tiempo.

Mientras el hombre que corría por el parque se hundía en mi sillón favorito para atender mensajes banales y alguna llamada que ya no era para mí, yo seguía plantado en la cuneta del camino, entre atónito y divertido, sintiendo profundamente como mi cuerpo se tornaba pluma y látigo, agua y calor, aroma y salto. Las huellas de mis recientes zapatillas de deporte comenzaban a pertenecerme mientras que mis zapatos marcharon amarrados a un paso ajeno.

Un viento de libertad que no tiene nombre ni pasado, besó mi frente y enredó mi pelo. Tomé consciencia de que ya no era dueño de nada, de que no tenía llaves, de que no arrastraba apellidos ni leía mi nombre en los membretes. Me volví un crujido de la hojarasca, una mota de polvo resaltada por un contraluz que el atardecer de aquel día decidió ignorar. El relevo fue total, una cuchillada limpia en la piel de la realidad: un cuerpo reemplazó a otro y todos los dioses habidos y por haber se sintieron gozosos y satisfechos con la equidistancia del engaño. El mundo continuó girando mientras, ya a este lado de la orilla, me deshacía líquidamente en los mapas del futuro incierto.

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