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La amistad y la palabra /
Enrique Silveira

Cuando mi padre me preguntó, recién iniciado el verano de hace ya una vida, si había decidido qué iba a estudiar, respondí vacilante, porque en absoluto estaba convencido de lo que quería hacer.

Hasta entonces, mi breve existencia había ofrecido algunas certezas, pero abundaban las incertidumbres y reinaban los titubeos, de manera que resultaba mucho más gratificante planificar el futuro a corto plazo, pues así eludías la responsabilidad de tomar decisiones que podían ser perjudiciales a la vuelta de la esquina.

La solución, en realidad, no estaba lejos. Solo tuve que invertir unas horas en la actividad más habitual en esas edades: el paseo, irremediable afición, dado que los bares no ofrecían sus servicios a los que carecían de dinero; los cines no abrían sus puertas para acoger a los menesterosos; las exposiciones no abundaban y practicar deportes era heroico, si tenemos en cuenta que nuestros antecesores no nos habían instruido en tales materias y que las instalaciones para realizarlas eran tan escasas que se contaban con los dedos de una mano.

Eso sí, no faltaban los encuentros con conocidos y amigos que resultaban sugestivos y, a veces, fascinantes. En uno de ellos se hizo la luz: dos de los más apreciados (listísimos, trabajadores y de buen corazón, casi nada) me sugirieron que podría acompañarles en su periplo por Filología… y allí acabé sin saber entonces que experimentaría momentos de regocijo y hasta deleite que ni mucho menos esperaba.

Andando el tiempo, los estudios me condujeron al mundo laboral y me encontré con la docencia, de repente, sin apenas indicios, casi por accidente y, desde entonces, me enfrento a una terrible palabra: vocación.

Dentro de las palabras con sustancia, es probablemente una de las más espesas, agobiantes, abrumadoras e irrespirables que se nos muestra en el diccionario, si te encargas de una tarea que, según algunos, no se puede realizar a no ser que hayas sido elegido de antemano en un proceso que culmina en una especie de señalamiento divino que te empuja sin remisión hacia ella.

En el momento en el que uno se encuentra con un trabajo, tras años de esfuerzo, con el anhelo inquebrantable de iniciar un viaje en el que todas las decisiones las tomas solo, ante el espejo, no preguntas si existen designios celestiales para afrontar ese compromiso, acometes esa responsabilidad con fe, ilusión e inagotable energía; pero si has de responder ante las exigencias de aquellos que no entienden que topaste con ese quehacer sin que te empujara una fuerza tan misteriosa como inapelable, tu carga se multiplica hasta que se convierte en un fardo insufrible.

No, no hay que aterrizar en la docencia a través de un aliento sobrehumano. Se puede llegar a ser un profesor inolvidable “solo” con profesionalidad, interés, sensibilidad, prudencia…en definitiva, con eficacia, expresión que carece de la envoltura mística de vocación, pero te permite cobrar al final de cada mes, quejarte de los políticos que te arrojan a los caballos sin vacilar, descansar en verano, a pesar de las quejas de un amplio sector de la sociedad que no sabe dónde ubicar a su descendencia, perder la compostura alguna vez ante los seísmos adolescentes y despertar una mañana pensando que podías haberte dedicado a vender seguros, apilar expedientes, conducir un autobús articulado o a cualquier otra prosaica faena que no requiera una iluminación previa.

“No concibo mi vida más que como un encadenamiento de muertes sucesivas. Arrastro tras de mí los cadáveres de todas mis vocaciones perdidas”. Julio Ramón Ribeyro

Sin vocación, pero con ansias de vivir, a veces apasionadamente, y sin esperar, apesadumbrado por su ausencia, la llegada de la luz salvadora, porque hay suficiente claridad a mi alrededor.

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