La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Sabía que era mucho, pero Juan no era capaz de cuantificar lo que le debía a la lectura. Su casa familiar estaba tan repleta de libros que no recordaba estancia alguna que no fuera presidida por anaqueles atestados de variada literatura. De niño, al despertar, lo primero que observaba eran las estanterías de su cuarto que parecían invitarle a cambiar de vida con el simple hecho de escoger una de aquellas reliquias y sumergirse en ella hasta empaparse de otras sensibilidades, otras experiencias, otros mundos. Al concluir, se apresuraba en comentar con su padre la huella que le había dejado porque creía de veras que él los había leído todos y ansiaba coincidir con sus impresiones. En tiempos en los que la televisión descansaba la mayor parte del día, la compañía de Galdós, Verne, Dickens o Enid Blyton -no tan prestigiosa pero igualmente inolvidable- hacían de las soporíferas tardes de verano un trance más llevadero, una manera de huir del tedio y encontrarte con la excelencia aunque tuvieras los bolsillos vacíos y el ánimo incierto.

Le parecía que todas las historias se repetían sin aportar un hálito de originalidad ni de pasión

Convertido el contacto con los libros en afianzada costumbre, convivió Juan con románticos, realistas, vanguardistas, novecentistas y con todos aquellos que, aún vivos, tenían algo que contar con pulcritud y talento; los convirtió en amigos, consejeros, mentores, amantes…incluso los utilizó como medio de subsistencia a través de las clases que impartía a adolescentes más interesados en divertimentos de rebuscada tecnología que en saber cómo acababan esas obras que citaba el profesor con devoción. Todo transcurrió bien hasta que un día Juan dejó una obra sin terminar. El título no lo olvidas jamás como tampoco se desvanece en la memoria la primera relación amorosa o el día que acabaste la universidad. Sintió que le faltaba al autor más que si hubiera incumplido con las sagradas normas de la hospitalidad, o peor, como si hubiera perdido la relación con un buen amigo, avergonzado por un hecho imperdonable. Tardó tiempo en confesarlo, sobre todo porque ese autor era un reputado novelista, pero tras esta abdicación desarrolló un espíritu crítico tan acerbo que, al poco, le costaba acabar un libro, aunque su autor y su contenido sobrevivieran al juicio más severo. Le parecía que todas las historias se repetían sin aportar un hálito de originalidad ni de pasión.

Ahora, cuando más tiempo tenía para indagar en las vidas de otros a través de la literatura, se veía incapaz de enfrentarse a obras que antes hubiera devorado en pocas jornadas. Tenía Juan la sensación de que quebrantaba un contrato vitalicio, que se entregaba a un sórdido adulterio, que iniciaba el camino por el que no se puede volver cada vez que retornaba un libro al estante sin haber podido pasar de la vigésima página. Los autores habían cambiado pero Roth, García Márquez, Auster, Cercas o Saramago no tenían nada que envidiar a los que habían colmado sus ansias años atrás. ¿Se había caído el puente que le unía a los literatos?, ¿quizás era su espíritu el que languidecía sin remedio? Nunca había despreciado a los que no leían -no eran peores por ello-, pero sentía un orgullo interno por no considerarse miembro de ese grupo; incorporarse a él era como perder una extremidad, como mirarse en el espejo y no reconocerse. Pero tampoco se encontraba abochornado Juan: su pasión por la lectura podría retornar, como ocurre con antiguos amores. Además, mejor haber leído y dejar de hacerlo que no haber disfrutado nunca de los libros.


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