Pensamiento crítico
Diego Peña

Imaginemos por un momento que vamos a iniciar un trayecto por autovía y que nos incorporamos desde uno de los márgenes a unos 70 km/hora. Una vez incorporados, empezamos a aumentar la velocidad de manera incremental 10 km cada 2 segundos (80, 90, 100…), para después de 10 segundos llegar al límite permitido de 120 km/hora. Ahora pensemos que la incorporación se produce también a 70 km pero que una vez en la autovía, cada 2 segundos aumentamos la velocidad exponencialmente utilizando una progresión geométrica con razón igual a 2. Primero 140, después 280, a continuación 560 y así hasta llegar a los 2.240 km/hora en 10 segundos. Sin duda, experimentar un proceso de aceleración de esa magnitud debe ser cuanto menos impactante.

Utilizo este símil para hacer entender con la mayor claridad posible la velocidad a la que grandes empresas tecnológicas, diferentes instituciones y gurús tecnológicos quieren que se produzca la transformación de la sociedad. Una transformación que en algunos aspectos es necesaria, pero en otros sencillamente puede ser contraproducente.

Siempre que leo libros o artículos relacionadas con la necesidad de estar permanentemente implementando nuevas tecnológicas en la educación, o modificando nuestros hábitos para adaptarlos a la “app” más novedosa, o modificando las prácticas empresariales que actualmente funcionan bien para entregárselas a la IA, me pregunto si el aprendizaje basado en la experiencia, la interacción humana o la profesionalidad conseguida a través de años de esfuerzo y mejora, son conceptos que ya no tienen sentido y deberíamos eliminar de nuestro vocabulario a la mayor brevedad posible.

Ampliando el foco de la reflexión, cuando leo noticias que tienen relación con el impacto que está teniendo la tecnología en nuestras vidas y la necesidad de estar preparados para el cambio permanente y exponencial, me pregunto si es un hecho positivo en sí mismo o, por el contrario, es un fenómeno que hay que estudiar con la suficiente cautela y racionalidad como para potenciar sus efectos positivos y paliar o eliminar los negativos. Evidentemente, tanto la potenciación de lo positivo como el tratamiento o eliminación de lo negativo requiere tiempo, experimentación y maduración, no velocidad exponencial.

Pensemos en una persona que tiene un empleo estable, ve con optimismo el futuro y con su modesta participación en la economía ayuda a que la sociedad funcione mejor. ¿Qué efecto tendrá sobre su forma de pensar y comportarse el hecho de recibir reiteradamente el mensaje de que la IA es muy probable que acabe con su puesto de trabajo en los próximos años?, ¿qué impacto podrá tener sobre su motivación leer repetidamente que la única solución va a ser estar permanentemente formándose no se sabe todavía en qué nuevas competencias? ¿cómo afectará a su confianza en el sistema y en las instituciones si además averigua que hay empresas tecnológicas invirtiendo ingentes cantidades de dinero para que los puestos de trabajo que teóricamente podrá desempeñar su hijo una vez terminada la carrera, sean realizados por máquinas muy económicas y eficientes? Intuyo que, ante esta tesitura, es probable que su optimismo, su moral y su comportamiento se vean afectados de manera determinante, probablemente de una forma negativa.

Imaginemos a un joven que acaba de terminar su postgrado y que después de 5 ó 6 años de tremendo esfuerzo, únicamente encuentra trabajo de rider a tiempo parcial. ¿Qué pensará sobre las oportunidades que le ofrece el sistema?, ¿y sobre la justicia social?, ¿querrá seguir participando en la mejora de la sociedad mediante su esfuerzo?, ¿pensará que la revolución tecnológica es imprescindible para acabar con la desigualdad social?

Si tenemos en cuenta que una de las bases del desarrollo económico y la armonía social es la certidumbre y la confianza en el sistema, debemos preguntarnos si construir una sociedad tomando como base un relato fundamentado en la incertidumbre y la inseguridad, es positivo para crear sociedades prósperas y equilibradas.

Los grandes cambios sociales y económicos son esenciales para la evolución humana, de hecho, desde finales del XVIII y una vez iniciada la I Revolución Industrial, se llevan produciendo de manera incesante. El problema es que el cambio está dejando de ser un instrumento de mejora, para convertirse en un fin en sí mismo, ya que, de otra forma, resulta muy difícil entender la velocidad a la que se pretende transformar la sociedad sin atender a las señales que aconsejan con cada vez mayor rotundidad, más cautela.

Las sociedades actuales son tan sumamente complejas que considerar que el camino del cambio tecnológico exponencial es la única fórmula para su desarrollo y evolución, es una simplificación evidente de la realidad. En este sentido, creo más importante crear y difundir una cultura colaborativa y de apoyo mutuo que fomente nuestra participación en la construcción de una sociedad más humana y donde a través de la acción directa, demostremos nuestro grado de compromiso con el futuro que queremos construir, por supuesto, tomando la tecnología como un medio que nos ayude a mejorar y nos permita conseguir objetivos (ej.: combatir el cambio climático, minimizar la desigualdad social, etc.) que, sin la misma, en muchos casos no serían posible.

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