Reflexiones de un tenor
Alonso Torres

En el espacio musical “Ars Canendi” de Radio Nacional de España, conducido por Arturo Reverter, “pusieron” hace un par de semanas, para los mortales oídos, el final (“only finales”, me arengaba mi amigo y fratre Chinda-Chinda cuando formábamos parte de La Alegre Cofradía De La Bulla y queríamos conseguir cerveza gratis cantando por bares y terrazas de la geografía patria) de La Octava Sinfonía De Mahler, digo, que el otro día escuché el final de La Sinfonía De Los Mil de Mahler, vamos, la octava sinfonía del sufriente bohemio (y no es que fuera Mahler un bohemio soñador a la manera que cantara Bertín Osborne, no, sino que nació en Kaliste, Bohemia, antes Imperio Austriaco, hoy República Checa), y me dije, “jooodeeeiiirrrr, cómo lo flipaba el tío”, perooooooo, pero vamos, que me quedo con Rossini (aunque es cierto que hace unos años escuchaba mucho, mucho, al compositor de las sinfonías, entre otras, Titán y Resurrección).

Rímini, San Marino y Pésaro hicieron el resto

Rossini (su madre era cantante y su padre cornista, o sea, que tocaba el corno, el corno musical) aprendió a tocar la espineta (algo parecido al clave, un piano con menos sonido y sin “pedal”) con un vinatero, Prinetti, y eso marca, marca el aprender a tocar un instrumento con alguien que es productor (“los que cultivan vino son productores y los que lo chupamos admiradores” dice la chacarera, que es ritmo argentino), y no con cualquier maestro de escuela o conservatorio, ¿no?, siempre habría vino por allí, In Vino Veritas, y creo que ahí reside el quid de la cuestión, ¿qué cuestión?, esta: ¿por qué dejó de componer obras magnas, óperas?, algunos dicen que por ciertas enfermedades que sufría (gonorrea y episodios maníaco-depresivos), otros afirman que por las circunstancias políticas del momento (revolución liberal en el Piamonte, por ejemplo, y todo lo que vendría después), pero yo creo que fue, el dejar de componer, un homenaje a su maestro (de espineta).

Tenía dinero de sobra por los royalties de sus obras, era querido y admirado por el público en general y por la crítica, y la ubicación de su territorio, entre Rímini, San Marino y Pésaro hicieron el resto; más a gusto que un arbusto, siendo un gourmet (pero no de los que levantan el dedo meñique al beber o “saben” de “maridajes” y añadas, no, sino de los de chupar para el disfrute y tragar buenas viandas) y rodeado de amigos, se retiró y vivió sin robar a nadie dándose el gran festín, que a lo peor no es “la grande belleza”, pero que es una de las maneras más “honrosas” de conjugar la frase (italiana) “la doce far niente”.


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