La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Hace ya un mundo, cuando aún habitaba la parte menos acuciante de las aulas, recibí unas clases del insigne Ricardo Senabre que por entonces iluminaba mentes y espíritus con ese sarcasmo suyo tan particular. Versaba su alocución sobre el talento de uno de nuestros poetas más conocidos, Jorge Manrique, del que dudaba, pues no entendía cómo un autor de escaso ingenio en sus obras anteriores había concluido su vida literaria con las excelsas coplas dedicadas a la desaparición de su padre. Tenía don Ricardo capacidad y conocimientos suficientes para enfrentarse a la comunidad investigadora, aparte de su gusto por la polémica, pero a sus diletantes alumnos nos sorprendió su osadía y surgió ( ¡bendita universidad! ) la oportunidad de entablar conversación sobre tan cáustico dilema. Entre nosotros hubo disparidad en las opiniones; algunos creyeron la teoría del maestro sin atisbo de discrepancia; otros pensamos que cabía la posibilidad de que en esa sola obra Manrique alcanzó la excelencia, como ha ocurrido en autores posteriores que tocaron la gloria con una única creación para luego caer en la vulgaridad o el olvido. Se debe reconocer que la literatura fluye a raudales cuando los acontecimientos que nos envuelven son conmovedores y la muerte de un padre lo es particularmente. ¿Por qué no confiar en que el fallecimiento de don Rodrigo despertó el talento de su hijo? (Perdón, maestro, allá donde estés).

Hace pocos días, mi mujer -y además consejera literaria- me comentó que mis escritos habían caído en lo lacrimógeno, que cometía un pecado de ingratitud al elegir historias truculentas, escabrosas, cuando la vida me ha tratado, debo reconocerlo, mejor que a la mayoría. Poco después, alguien allegado a la lectura y de buen gusto -un cuñado, por supuesto- repitió lo mismo y ambos me hicieron reflexionar porque aún no ha nacido el juntador de palabras inmune a la crítica, a no ser que su obra sea una interminable secuencia de éxitos y su ego se haya convertido en fortaleza inexpugnable (aseguro que no es mi caso).

No hay nada más difícil que provocar la felicidad a través de la risa

Se puede escribir sobre cualquier cosa, es posible emocionar con las más sorprendentes situaciones, pero hay que reconocer que la tristeza, el drama, el desamor, la desgracia y, sobre todo, la muerte y todo lo que la rodea ofrecen una atracción difícil de soslayar. Hacer reír es otra cosa: no hay nada más difícil que provocar la felicidad a través de la risa y de ahí que sea tan reducido el elenco de aquellos autores que lo consiguieron. Si añadimos que ninguno de ellos engrosa las listas de los Nobel, Pulitzer, Goncourt o Planeta, llegamos a la conclusión de que el público encumbra a los que provocan la lágrima y deja sin premio a los que consiguen que broten las arrugas en tu gesto a base de suscitar tus carcajadas.

Como es del todo improbable que siquiera concurra a los premios que se obtienen con dolor y sufrimiento, y dado el respeto que debo a mis críticos, me propongo emular en el futuro, aunque solo sea de vez en vez, a Jardiel Poncela, Eduardo Mendoza o, por qué no, al mismísimo Cervantes que hizo troncharse a sus contemporáneos. Difícil no, lo tengo dificilísimo.

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