La amistad y la palabra
Enrique Silveira
Cada cierto tiempo se escuchaba bramar a mi madre, presa de la justificada cólera del que promueve el orden y se encuentra con el desbarajuste, porque la pila de periódicos a la diestra del trono patriarcal – el sillón de padre, el único lugar indiscutido – había crecido de manera desmesurada y se apreciaba imponente desde la puerta del salón. La lucha contra esa pirámide de sabiduría y conocimiento no cejaba nunca; comenzaba con el uso de algunos de ellos como alfombra intimidatoria para salvaguardar el suelo recién fregado, otros servían como fundas protectoras de a saber qué valiosa pertenencia, muchos envolvían alimentos en la despensa…pero el cúmulo siempre acababa adquiriendo el tamaño preciso para que madre elevara el tono de manera que las otrora recomendaciones se convirtieran en mandatos de inmediato cumplimiento, es decir, la montonera de periódicos debía desaparecer en los minutos venideros o se avecinaba una tempestad de proporción bíblica.
Era entonces cuando alguno de nosotros acarreaba tanta información para ubicarla al lado de las bolsas de basura en las que convivían amontonados lo orgánico, lo inorgánico y lo inclasificable porque no se podía elegir el contenedor pertinente: sencillamente no había ningún contenedor. En verdad resultaba más sencillo, aunque ello no ayudará a la conservación planetaria. Ahora somos muchos los que dudamos antes de depositar lo ya inservible en el recipiente idóneo y, tras hacerlo, miramos a nuestro alrededor, no sea que haya alguien cerca que nos recrimine por nuestra ignorancia en los vertidos y, aunque no lo exteriorice, nos haga responsables de las lluvias torrenciales, los calores asfixiantes y, por ende, las inundaciones y los incendios veraniegos.
Mi responsabilidad en la montonera de papel impreso era enorme. Mi padre me encargaba muchas cosas – para mi regocijo, que era la mejor manera de hacerse mayor – y la más importante consistía en recoger la prensa cada día en uno de los muchos quioscos que poblaban la ciudad. En aquel tiempo, un quiosco pasaba desapercibido porque presidían muchos cruces y formaban parte indiscutible del mobiliario urbano. Se nombraban por el nombre del propietario y estaban pertrechados para aportar regocijo (tabaco, chucherías, lectura de fácil compresión, lotería ilusionante, la quiniela…) por lo que todos sus visitantes se volvían con una media sonrisa de satisfacción. Los había de diferentes tamaños, pero ninguno desaprovechaba un centímetro, de manera que hacía falta un buen rato para distinguir la oferta en sus abigarradas estanterías o en sus repletos ventanales que no dejaban pasar una mínima luz. Los pocos que quedan están en un tris de ser declarados Bien de Interés Cultural, como los muchos monumentos con los que los cacereños convivimos.
Todas las tardes mi misión consistía en recoger los periódicos que mi padre reservaba y transportarlos para que disfrutásemos de su lectura en casa. Una buena parte de la prensa era vespertina – inconcebible hoy -, salvo el Extremadura que se depositaba en el buzón cada mañana y leíamos a menudo hecho jirones por sacarlo sin mucho miramiento.
No ahorraba mi padre a la hora de acumular diferentes cabeceras. La variedad no era mucha; los había de contenido general o deportivos – con mucho los más leídos, como ahora- y entre los primeros podían distinguirse los de derechas y los muy de derechas porque ante otra posibilidad la censura actuaba con rapidez y contundencia. Como no hay mal que por bien no venga, esta circunstancia obligaba a los plumillas a inundar de ingenio sus textos si querían driblar a los inquisidores de las letras, diestros en el trazo grueso, pero menos avezados en la ironía o en el reproche enmascarado.
Los lunes en nuestra casa entraban no menos de cuatro periódicos que pasaban por todas las manos. Esa era la lectura menos exigente; para la otra nuestro padre – en un legado que sólo años después supimos valorar – dispuso una biblioteca de cinco mil volúmenes, que nosotros pensábamos que era habitual en todos los hogares, con los que nos criamos y de los que supimos extraer cultura y diversión en aquellas interminables tardes sin televisión. Las revistas no se publicaban a diario, generalmente cada semana, y también tenían mucho éxito, ya trataran de sociedad, actualidad del famoseo, política o deportes.
Hasta la llegada de El País no se hablaba de la tendencia ideológica de los rotativos. Algunos periodistas libraban constantes batallas contra los vigilantes del libre pensamiento, en lucha desigual que, sin embargo, alimentaba la imaginación y la destreza. De vez en cuando, las estrictas autoridades secuestraban una edición que no estaba a la altura de sus sabias y conservadoras directrices, lo que provocaba la curiosidad del vulgo, ávido de novedades. Llevar un periódico en la mano era entonces tan habitual como ahora pasear con un perrito adherido a nuestra mano por una correa extensible de impredecible longitud. Algunos los lucían para advertir a los que se cruzaran con ellos cuál era su pensamiento. Si el periódico que lucías era El Alcázar , mejor no mentar a Dolores Ibarruri; si paseabas Pueblo, mostrabas interés por un futuro alejado del franquismo; si llevabas bajo el brazo Diario16 , anhelabas una España democrática y rejuvenecida sin tapujos.
Los que se acercan a los pocos quioscos que quedan para adquirir el periódico en papel son unos pocos héroes inasequibles a traicionar su hábito ancestral. La mayoría ya peinaba canas antes de iniciar este siglo y llaman al quiosquero por su nombre de pila. Nostalgia aparte, la prensa digital es un extraordinario adelanto que nos permite perfilar nuestra opinión para no caer en juicios inexactos por falta de información. Su enorme proliferación no debe resultar un obstáculo, sino más bien un acicate para arrinconar a la obcecación. Además, si añoras el papel, siempre te quedará acercarte a la barra del bar en la que los periódicos son de obligatoria presencia para acompañar al solitario, al puntual o al que no quiere volver pronto a casa.





























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