Desde mi ventana
Carmen Heras

El partido llevaba tiempo debatiendo sobre el papel de las mujeres en la vida pública. Había colocado algunas, pero a cuenta gotas. Y no parecía dispuesto a ampliar el círculo demasiado. El argumento era que había un número pequeño de afiliadas y poco de donde tirar, desde luego siempre un número muy bastante menor del de la afiliación masculina, y habría que actuar en consonancia y con justicia…

Las mujeres más concienciadas, las clásicas, las que empezaron con ellos cuando el partido volvió a organizarse en condiciones, después de la muerte de Franco, empezaban a sentir una cierta impaciencia y a ponerse un pelín trágicas. Todas, procedentes de las primeras hornadas, tenían una excelente relación con los jefes, incluso en algunos casos existía el parentesco, pero el hueso era duro de roer, no terminaba de ablandarse, porque aunque se verbalizaba en cualquier mitin el discurso de la igualdad, en la práctica, las chicas servían muchos cafés y pocos informes y nadie parecía muy dispuesto a aceptarlas en número importante y en puestos de calidad.

Así que en cada congreso había que volver a empezar con idéntica letanía. Hasta que, por fin, una de las veces ocurrió, nada de encabezar ninguna lista como no fuera a la alcaldía de algún pequeño sitio pero venga, vale, de acuerdo con lo de aceptar la cuota del 40% (como mínimo) para las chicas. En una lista.

Yo estuve allí el día en que se tomó tal medida, en una enmienda concreta y directa hecha por mujeres al texto originario del programa. Era tarde, había pasado la medianoche y un grupo de nosotras deambulábamos por los pasillos del Palacio de Congresos donde se celebraban las sesiones, esperando la decisión de los hombres… Y todo fueron gritos y alegría por el resultado y muchos los abrazos entre antiguas y nuevas, de unas con las otras…Y todos teníamos cara de avanzados y progresistas.

Y en esto, al poco tiempo, llegó otro partido al gobierno de la nación y el líder, sin relatos, nombró a dos féminas para presidir ambas Cámaras y a otras variadas mujeres en números uno para alcaldías de ciudades importantes. Y la visualización del papel de la mujer en la vida política de España fue apabullante. Por la fuerza real de los hechos, sin discursos ni gaitas se destacó su importancia en los asuntos público y se les dio autentica visibilidad y sin aspavientos.

Y hay quien dice que solo se hizo para tener un control exhaustivo de los lugares señalados para ellas, por ser de su entera confianza, pero fuera ese el motivo o no, lo cierto es que el mensaje de modernidad llegó nítido y potente a toda la ciudadanía. He ahí un partido que apostaba por la mujer con todas su consecuencias. Porque después de aquellas fueron otras. Y no hubo marcha atrás.

Pues eso es lo que ocurre ahora, amigos, con los nuevos alevines. Alejados de falsos complejos actúan sin programas ni enmiendas, sin pedir permiso en aquellos lugares que los contrincantes siempre estimaron suyos y que, a la vista esta, ya no son suyos. Me temo que a estos últimos se les rompió el cántaro de las costumbres viejas.

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