Elegia

José Cercas

Hay palabras que uno quisiera no tener que escribir nunca. La elegía es una de ellas. Nace cuando alguien se marcha y los que permanecemos buscamos en las palabras una manera de acompañar su ausencia.

Desde antiguo, el hombre ha escrito elegías para llorar a sus muertos. Pero quizá una elegía no hable solamente de quien se ha ido. Habla también, y sobre todo, de quienes se quedan. De la silla que seguirá estando en el mismo sitio, de una voz que creemos escuchar de repente, de una fotografía, de una conversación interrumpida, de esos pequeños gestos cotidianos que hasta entonces parecían no tener importancia y que, después de una muerte, adquieren un significado distinto.

La muerte tiene una extraña manera de alterar el tiempo. Para quien se marcha, el reloj se detiene. Para los demás, incomprensiblemente, continúa. Amanece al día siguiente, la gente sale a la calle, abren las tiendas, los pájaros siguen cantando y alguien ríe al otro lado de una ventana. Y uno quisiera preguntar cómo es posible que el mundo continúe cuando acaba de faltar alguien.

Quizá por eso escribimos.

Escribimos porque la palabra tiene una humilde capacidad para enfrentarse al olvido. No devuelve a nadie, no cura la ausencia ni responde a las preguntas que deja la muerte. Pero guarda. Conserva un nombre, una mirada, una forma de caminar, una amistad. Levanta una pequeña casa en la memoria para que aquel que se marchó pueda seguir habitándola.

Una elegía nace precisamente ahí: en el territorio que existe entre la pérdida y el recuerdo. No pretende explicar la muerte porque seguramente la muerte no tenga explicación. Tampoco busca convertir el dolor en belleza. Intenta algo mucho más sencillo y más humano: decirle a quien se ha ido que todavía permanece entre nosotros.

Y también abrazar con palabras a quienes se quedan.

Porque son ellos quienes deberán aprender la difícil tarea de convivir con una ausencia. Quienes encontrarán una prenda en un armario, un objeto sobre una mesa o un lugar vacío durante una celebración familiar. Quienes, muchos meses después, quizá quieran contarle algo y durante un instante olviden que ya no pueden hacerlo.

Pero mientras alguien recuerde, una parte de aquella vida seguirá aquí.

Estos días he tenido que escribir una elegía para un amigo que se ha marchado demasiado pronto. Mientras la escribía comprendí que no estaba escribiendo únicamente para él. También lo hacía para su mujer, para su familia, para sus amigos y, de alguna manera, para todos nosotros.

Porque llegará un día en que seremos nosotros quienes nos marchemos.

Hasta entonces nos corresponde permanecer, recordar a quienes caminaron a nuestro lado y pronunciar sus nombres de vez en cuando.

Tal vez una elegía sea solamente eso:

la manera que tenemos los vivos de decir a nuestros muertos que aún no hemos terminado de despedirnos.

A mi amigo Vito Granero.
Elegía.
No era aún el tiempo de las despedidas.
Aún te quedaban caminos por recorrer
y batallas por librar en este sendero.
Todavía aguardaban tus manos
el pan compartido de la amistad,
la luz humilde de los amaneceres
y el abrazo limpio
de quienes caminaban a tu lado.
No era la hora
de entregar el corazón al silencio,
ni de dejar vacía la silla
donde tantas veces se sentó la esperanza.
La muerte,
que nunca pregunta por la edad de los hombres,
pronunció tu nombre demasiado pronto,
como quien apaga una lámpara
cuando aún quedaba toda la noche por iluminar.
Hoy el viento recorre los caminos
buscando la huella de tus pasos.
Las palabras que dejaste
siguen creciendo entre nosotros
como los árboles que sobreviven al invierno.
No te has ido del todo.
Permaneces
en la memoria de quienes te quisieron,
en las manos que hoy se estrechan recordándote,
en el silencio emocionado
de los amigos que se niegan a olvidarte.
Porque hay vidas
que no se miden por los años vividos,
sino por la luz que dejaron encendida
en el corazón de los demás.
Y esa luz, amigo,
ni la muerte ha podido apagar.

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