Historias de Plutón
José A. Secas

Hablemos hoy de la condición humana, de la piel fina de nuestras ilusiones y de cómo el alma, ese soplo divino que Platón imaginaba elevándose hacia el más allá o hacia los territorios «mitrofes», vive en verdad encadenada a la fontanería más caprichosa del fango de la madre tierra. Nos creemos dioses caminando entre fachadas clásicas trasmutadas en barrocas, ajustándonos la solapa y abotonando la americana con vanidad de hidalgos y cortesanos, especulando sobre la física cuántica o el sentido último del espacio vacío interestelar… y, sin embargo, basta un insignificante esfínter en apuros para que toda la arquitectura de nuestra dignidad se derrumbe como un castillo de naipes en un terremoto y, como en Blade Runner, todos esos momentos se pierdan en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. ¡Ah, la materia, qué bromista es el Sumo Hacedor cuando nos diseña con aspiraciones del Olimpo y tuberías de garito de baja estofa!

Pero en fin, echemos el freno —Macareno (cortador de jamones)—, que ya me conozco y me disperso por sublimación o me ando por las ramas del pensamiento cósmico, cual macaco, mientras la corriente amenaza con desbordar la represa. Al grano, que la historia de Josan bien merece ser contada con la gravedad festiva que exige una tragedia.

Josan había leído en alguna parte —probablemente entre la grasa traslúcida de una servilleta de bar humilde o en las páginas amarillentas de un dominical que nadie lee hasta que el miedo apremia en una consulta de cirugía maxilofacial— que un hombre sano orina entre seis y siete veces por jornada. La estadística, ese masaje de chepa moderno que nos hace sentir protegidos por el mal de muchos, resulta que se convierte (de repente, por supuesto) en una bendición abstracta… hasta que una mañana abrasadora de finales de julio, en pleno casco histórico de una ciudad del GCPH, te descubres convertido en la excepción que confirma la regla y en el dato aislado de la versión más rocambolesca de la curva de Gauss. Al grano, por favor.

Todo comenzó con la arrogancia inconsciente de un segundo café solo. O tal vez con una herencia genética documentada: su abuelo materno, según crónicas familiares nunca desmentidas, combinaba con inconsciencia la vejiga microscópica de un colibrí con el orgullo tieso de un casuario de las antípodas. Josan, ay, heredó lo primero sin la templanza evolutiva de lo segundo.

Avanzaba el buen hombre por las callejuelas empedradas —esas que los folletos municipales venden como «el segundo mejor conjunto monumental de Europa» y que los tobillos identifican de inmediato como «la tortura del penitente de la procesión del Cristo Negro»— cuando la revelación cayó sobre él. No fue un recado bisbiseado al oído. Fue como si Poseidón (llámale Neptuno), dios de las profundidades marinas y patrón no oficial de las urgencias de la vesícula y órganos urinarios adyacentes, hubiera decidido reclamar la erección de su templo en las entrañas del abdomen de Josan con la furia desatada de un tsunami.

Buscó un baño público con la fe del iluminado o del recién convertido. Vana ilusión: la vetusta urbe, generosa en presupuestos para iluminar profusamente palacetes y conventos y lanzar campañas publicitarias tipo «quiero y no puedo», solo contaba en tres kilómetros a la redonda con tres urinarios municipales. El primero estaba cerrado desde el año de la Maricastaña y él lo sabía; otro lucía un cartel con pátina de la Guerra de Troya que anunciaba «Cerrado por reformas» (añado que eran del tipo «eternas»); el siguiente carecía —literalmente— de puerta y desprendía un mal olor directamente proporcional a la cantidad de mierda mal limpiada que atesoraban sus rodapiés, y así todo.

Desesperado, se adentró en un establecimiento de comercio u hostelería (da igual) de los que anuncian «recuerdos y postales» o «tapas gourmet» a precio de rescate bancario de los tiempos de Rato. Al fondo, tras la barra o tras el último perchero, el cartelito de marras: EXCLUSIVOS PARA CLIENTES.

Josan, sintiendo que su anatomía rozaba la expansión del universo según la inflación caótica de Andrei Linde, abordó al camarero (o al dependiente, da igual) con la mirada suplicante de cordero degollado:

—Perdone la molestia… ¿sería posible hacer uso del aseo? Es una urgencia. Me meo.

El mancebo (o mesero, da igual), lo escrutó con la impasibilidad de una esfinge de perfil etrusco, acostumbrada a ver caer imperios sin pestañear.

—Solo para clientes.

—Disculpe, es que estoy de la próstata, luego consumo algo, si eso… por favor.

—Solo. Para. Clientes.

Josan sopesó la idea de entablar querella verbal y sacar a relucir los argumentos cultivados en lectura atenta de BOEs y DOEs. Pensó en invocar el Derecho Romano, que todo lo previó salvo el inalienable derecho del civis (ciudadano) a desembalsar las partes bajas con carácter de urgencia. Pensó en citar los vectigal urinae y argumentar que no solo en Roma el pis tenía valor y que la ciudad conservaba vestigios del Imperio Romano y bla, bla, bla, esto, lo otro, lo de más allá, patatín y patatán… Pero argumentar, comprendió en un chispazo de lucidez estoica tipo A, era el camino más rápido hacia la hecatombe: cada vocablo emitido restaba energía a su sufrido esfínter. No podía aguantar más.

Salió del local frustrado, abotargado y en silencio. Echó a andar con el paso corto y oscilante del pingüino emperador en plena ventisca antártica. Llevaba la mano en el bolsillo apretándose la uretra para que no reventara. A su alrededor, la horda turística fotografiaba piedras bien colocadas y consumía helados de cono y agua embotellada, absolutamente ciega al drama shakespeariano que se escenificaba a la vera suya.

Intentó disparar un último cartucho en una tienda de recuerdos de plástico (o un restaurante con terraza, da igual).

—El baño es solo para… —le espetó la dependienta (o el barista de turno, da igual) antes de que abriera la boca, transmitida la consigna compartida por esa red de telepatía gremial que une a los mercaderes y posaderos de la zona monumental y aledaños.

Y entonces aconteció el milagro al revés. Sin campanas, bocinas o trompetas; sin compasión ni falsos escrúpulos, el organismo tomó una decisión ejecutiva al margen de la voluntad. El puño que apretaba la polla reventó y un calor, súbito y traicionero, comenzó a descender por la tela del pantalón claro y fino de verano con la parsimonia implacable de la lava del Vesubio sepultando Pompeya y Herculano.

El tejido, empapado, mutó de prenda de vestir a charco vertical y lección de humildad. Una mancha oscura emergió con la geometría caprichosa de un diagrama de Voronoi. Josan, en su fuero interno, solo leía ignominia y profunda vergüenza cochina; aunque el cuerpo, bellaco y pragmático, experimentaba ese placer amargo que produce el fin de toda tensión, por vil que sea el escenario.

El fluido siguió rendido a la fuerza de la gravedad y corrió serpenteando los pocos pelos sobrevivientes de la espinilla y la pantorrilla, hasta inundar calcetines y calzado. Cada paso de palmípedo represor tornó en separación intencionada de extremidades de arácnido solo para eludir el roce húmedo e intermitente de la pernera empapada en su piel. Un chapoteo discreto y vergonzante, un chof-chof leve pero elocuente ejecutaba en estéreo la banda sonora de la derrota humana.

Se sentó en un poyete de piedra más allá de la frontera del patrimonio. Contempló la ciudad deslumbrante, sus tiendas de imanes con cigüeñas y bujacos y su monumental y soberbia incapacidad para dar respuesta a lo primario. Sonrió con la ironía amarga de Diógenes el Cínico, comprendiendo que tal vez la civilización, entre tanta tosta gourmet y tanto código QR, ha olvidado lo único que de verdad nos hermana a todos bajo el sol y bajo la luna llena. Se levantó con parsimonia, chapoteando con dignidad catovi, y siguió su marcha. La ciudad, ajena a la poesía del desastre, continuó vendiendo sus típicas y rancias postales de recuerdo.

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