Minimalismos
Vicente Rodríguez Lázaro

(A Francisco de Paniagua)

Desde la atalaya de la Sierra de la Mosca, el misterioso viajero contempla la ciudad y se admira del crecimiento observado en torno a su espléndido casco antiguo. Se marchará satisfecho, tanto del santuario como de sus alrededores, tan cuidados hoy en día. Antes ha rendido pleitesía a la imagen que él mismo trajo a Cáceres en el siglo XVIII y que, después de muchas conversaciones con gente influyente de la villa, consiguió que se construyera una ermita para la entonces Virgen de la Encarnación. Ahora había comprobado el fervor que la acogía y no le importaba el cambio de nombre, incluso este le iba mejor, dada la ubicación de su hogar.

Entró de nuevo en el templo, vio con satisfacción el jubileo de los ángeles niños alrededor de la Virgen y de Jesús, salió en silencio y se adentró en los bosques de la sierra para regresar a su destino eterno. Había cumplido con éxito la plasmación de su deseo de analizar si sus esfuerzos terrenales habían dado el resultado que él buscó hacía ya más de dos siglos.

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