Desde mi ventana
Carmen Heras

Yo solía decirle a mis alumnos que la experimentación propia es fundamental para entender algunas realidades, que no es lo mismo que te cuenten que una carretera tiene baches, a que conduciendo un coche, lo percibas y tardes más tiempo del debido en transitar por ella debido a que debes sortearlos. Pues lo mismo sucede con la obra pública, que quien no la necesita no es tan consciente de su importancia como lo es el que la usa obligatoriamente.

No descubro nada nuevo cuando digo que los pueblos más adelantados tienen una buena obra pública construida en sus territorios. Ahora que los humanos vivimos en una sociedad global y que, con permiso de la pandemia, nos desplazamos de unos lugares a otros, hay que volver a recordar que evolucionamos cuando disponemos de unos servicios generales suficientemente atractivos, ayudados a pagar con nuestros impuestos, que nos permiten no tener que acudir continuamente a medios particulares propios. Tanto más, si se vive en un sitio ubicado geográficamente en un extremo, a trasmano de cualquier otro, y alejado por miles de kilómetros de la centralidad.

Hay situaciones en las que el discurso de la izquierda tiene una razón de ser poderosa y una de ellas es la que contempla, por un lado las necesidades fundamentales del contribuyente y por otra, la obligación de la Administración de actuar en pro de la igualdad de oportunidades de cualquier ciudadano. De ahí, el deber de ésta de construir unas infraestructuras adecuadas en un territorio.

De sobra es sabido que cualquier obra pública significa una inversión elevada. Y que además, calculando fríamente los costes, bien pudiera parecer no rentable por el aprovechamiento que, en principio, conlleva. Pero como en demasiadas ocasiones hemos visto la necesidad convertida en virtud y la función creando al órgano, venimos a considerar que, si para justificarla no existiese un discurso genérico sobre la igualdad de derechos en todos los territorios, bien pudieran servir las cifras finales en casos semejantes. Entendiendo que la mera existencia real del recurso genera siempre su uso masivo por los ciudadanos. Véase, si no, la autovía de Cáceres a Madrid, construida en tiempos de Felipe González, a pesar de las voces reticentes en el ministerio debido al alto coste de la construcción respecto a un hipotético número de usuarios, y obsérvense ahora la cantidad de vehículos que circulan por ella. Nadie osaría decir que construirla fue un disparate. Comunicó Cáceres con Madrid en dos horas y media y acercó Extremadura a la centralidad.

Algo parecido sucederá con el tren. Aunque estemos ya viejecitos de tanto esperar cuando llegue. Un tren rápido que permita ir y venir sin dilaciones indebidas. A una velocidad razonable. Fíjense que Extremadura ya ni siquiera demanda un AVE, desgarrada entre quienes lo ven como solución idónea y quienes no. Pero resulta indiscutible el hecho de que esta región necesita un tren cómodo y rápido para trasladar, si lo precisan, a sus habitantes, y a quienes nos visiten, a cualquier lugar con aeropuerto, dado que también eso nos ha sido negado. De modo que unos y otros no sientan, al estar o al venir, que llegan a un sitio sin comunicaciones, aislado y provinciano, del que sólo se puede salir en coche propio o alquilado.

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