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Con ánimo de discrepar /
VÍCTOR CASCO

Todos los días aparece un nuevo imputado y un nuevo escándalo. Las tarjetas opacas de los consejeros de Caja Madrid/Bankia, la Gürtel, la operación Púnica, los EREs en Andalucía… Los golfos apandadores abundan y la corrupción ha hecho metástasis en el sistema: lo inunda todo y a todos.

No parecen ser solo casos aislados, garbanzos negros. Pareciera que toda la olla apesta. Porque, y hay que decirlo, la corrupción ha sido consustancial al desarrollo de nuestro modelo económico y nuestro modelo político. La corrupción forma parte del paisanaje desde el franquismo. La corrupción ha anidado ante una sociedad apática y dispuesta a votar a los corruptos siempre que éstos inaugurasen muchos parques y muchas carreteras.

Contra la corrupción el mejor antídoto es una ciudadanía crítica y unos votantes consecuentes

Durante el franquismo la corrupción era el pan de cada día. La mejor forma de agilizar papeles y superar las trabas administrativas era “regalar” algo al funcionario de turno del sindicato único o del partido único. La cultura del enchufismo y las mordidas (el porcentaje que debía llevarse el alcalde franquista o el jefe local o provincial o el procurador en cortes para dar salida a un proyecto empresarial) nace ahí y se transmite a la transición y los años posteriores. Untar al político para lograr que te califiquen como urbano lo que era un terreno rústico, pongamos por caso, se convirtió en lo habitual. Y en la España del pelotazo urbanístico el negocio rápido prosperó. Alcaldes corruptos y empresarios corruptores. Y votantes apáticos dispuestos a tragar con todo. Porque en este país los ciudadanos han votado a los corruptos y les han dado mayorías absolutas. El pernicioso “todo el mundo lo hace” también ha sido responsable de lo que estamos viviendo.

Es ahora, en estos tiempos de penurias y crisis económica, cuando empezamos a darnos cuenta del monstruo que entre todos hemos alimentado. Somos la vergüenza de Europa. Un país de golfos y aprovechados. Y tal vez un país que empieza a despertar y que puede decidir dar la vuelta a la tortilla. Contra la corrupción el mejor antídoto es una ciudadanía crítica y unos votantes consecuentes.

 

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