José Cercas

La vida no es únicamente aquello que sucede entre el nacimiento y la muerte. Es algo más difícil de medir: una sucesión de golpes y asombros, de pérdidas y hallazgos, de heridas que creíamos cerradas y regresan cuando menos lo esperamos. Vivir consiste quizá en aceptar esa contradicción: saber que somos pasajeros y, aun así, comportarnos como si cada instante pudiera pertenecernos para siempre. Nacemos sin conocer el tiempo. Llegamos con los ojos abiertos al asombro y tardamos años en comprender que todo cuanto amamos está condenado a desaparecer. Las personas, las ciudades, los cuerpos, los árboles, incluso aquello que considerábamos eterno termina transformándose o alejándose. Y, sin embargo, seguimos amando. Tal vez ahí resida una de las grandes paradojas de la existencia: conocemos la pérdida y continuamos entregándonos a aquello que un día podremos perder. La vida también está hecha de los otros. Nadie vive completamente solo. En nosotros permanecen quienes nos precedieron, quienes caminaron a nuestro lado y quienes desaparecieron dejando apenas una palabra, un gesto o una fotografía. Somos, en buena medida, memoria. Llevamos nuestros muertos con nosotros y, de alguna manera, mientras alguien los recuerde, continúan ocupando un pequeño territorio entre los vivos. Pero vivir no es solamente recordar. Es mirar alrededor y reconocer el mundo: los cerezos que vuelven a florecer, las calles y las plazuelas, los olivares, el pan, la tierra, un libro abierto, la piel de otro cuerpo. Lo extraordinario de la existencia suele esconderse precisamente en aquello que, por repetirse, hemos dejado de considerar extraordinario. Respirar, tocar, leer, caminar, besar: acciones insignificantes hasta el día en que ya no podemos realizarlas. También pertenece a la vida el sufrimiento de quienes son expulsados de ella sin haber muerto: los desterrados, los vencidos, quienes abandonan su tierra, quienes pierden una patria o contemplan cómo los hombres convierten el mundo en una hoguera. Ninguna existencia puede considerarse completamente ajena al dolor de los demás. Vivir entre otros significa también asumir una parte de su derrota. Quizá por eso la vida no pueda definirse mediante una sola palabra. Es nacimiento y despedida, deseo y renuncia, memoria y olvido. Es aquello que tocamos y aquello que jamás alcanzaremos. Es la palabra que pronunciamos y el silencio que queda cuando ya no estamos. Y mientras intentamos comprenderla, la vida continúa. No pregunta. No espera. Simplemente pasa por nosotros. Hasta que un día comprendemos que vivir nunca consistió en vencer al tiempo, sino en haber dejado algo nuestro mientras lo atravesábamos. Porque la vida es todo aquello que fenece y nace. Y entre ambas cosas, por un instante, estamos nosotros.

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