Historias de Plutón
José A. Secas
Últimamente me estoy fijando en ti; no solo en cómo te comportas, sino en lo que escribes. Los que te conocemos sabemos leer entre líneas y, aparte de eso, eres lo bastante inocente y transparente como para que se te vea el plumero. Es difícil alcanzar tus secretos más íntimos, pero no hay que ser muy listo como para adivinar que no te va bien del todo, ¿verdad?
No, no quiero cotillear ni entrometerme; tampoco pretendo sacarte una confesión y que me abras tu corazón a pecho descubierto. Sería inútil intentarlo. Eres lo bastante viejo y sabio como para no dar demasiadas explicaciones a quienes no las merecemos. De verdad que no voy a ir por ahí contando tus secretos más íntimos. Te lo prometo, pero si quieres hablar, aquí estoy para escucharte. Sin juzgar, sin aconsejar, sin opinar, sin criticar, sin decirte lo que yo haría o dejaría de hacer si estuviera en tu pellejo. No: solo escucharte y que tus palabras te abran los ojos o te sequen las lágrimas.
Vale. Respeto tu silencio. En ese caso voy a hablar yo, pero no voy a meterme en tus asuntos. Trataré de ser objetivo y de describir hechos y comportamientos y a partir de mis observaciones te formularé preguntas que puedes o no contestar, ¿te parece? Bien, empecemos. Tal y como te he comentado, me he fijado en ti —eres mi amigo— y no te veo en tu salsa, la verdad. Cuando nos juntamos todos no intervienes en las conversaciones con tanta frecuencia y chispa como lo hacías antes. Tus silencios y tus ausencias me dicen que no estás bien. Te invito a que me digas el porqué y callas… pues nada. Tú mismo.
Lo que compartes en las redes sociales es, como casi siempre y como con casi todos, una cortina de humo o una mentira edulcorada. No me fío ni un pimiento de lo que tratas de transmitir con tus posts, tus fotos, tus bobadas, tus reflexiones… no me creo nada, amigo. Quizás a algún extraño o advenedizo le puedes engañar, pero a los que te conocemos (y te queremos) no nos la pegas. Podemos hacer suposiciones, atar cabos, deducir y concluir, pero nunca sabremos tu verdad a menos que salga de tu boca y la expreses claramente.
No quiero sacar a la palestra los rumores (o las malditas evidencias) que describen tus actos, tus palabras y tus escritos, no quiero preguntarte por tu situación económica, sentimental, emocional, laboral o de salud; sería una falta de respeto y un asalto a tu intimidad abordar estos temas directamente. Repito: si no me lo cuentas tú, “motu proprio”, no vamos a jugar limpio y sinceramente. Te pondrás en guardia y darás rodeos, elaborarás respuestas de escape, constructos, entelequias y zarandajas con tal de no ir al grano; estoy seguro. Por eso no te voy a forzar y no te voy a preguntar nada. Seguiré esperando.
Te puedo contar yo mis penas y, así, animarte a que tú hagas lo propio. Puedo tratar de tirarte de la lengua exponiéndome e invitándote a que, si no puedes superarlo, al menos que lo iguales. Una vez ahí comenzaría la lucha de inteligencias y dialécticas donde uno indaga y el otro cierra el pico, donde uno escarba y el otro da el esquinazo, donde uno arrea hacia un redil y el otro escapa de una trampa. Me encantan las conversaciones inteligentes con triples intenciones, pero nunca podría ser contigo porque eres mi amigo y nos conocemos muy bien.
Vale, sigue callado, deja que muera por la boca. Al final voy a ser yo el que muestre mis flancos desprotegidos (aunque no tengo nada que defenderme de ti) y me marque un monólogo de corazón en la mano y entrañas al aire. Al final voy a tener que combatir el maldito silencio y vas a ser tú el que me escuche a mi. Al final le vamos a dar la vuelta a la tortilla y voy a descargar en tu hombro el peso de mis lágrimas. Por favor, ¡háblame!, ¿no ves que solo quiero ayudarte?, ¿no ves que solo quiero que estés bien? Al menos mándame a la mierda si te estoy molestando con mi insistencia. Si no te gusta mi papel de amigo enrollado me lo puedes decir, de verdad.
Ahora me están entrando ganas de pasar de agente paciente y escuchante, de receptor y bálsamo silencioso, al otro extremo. Me están dando ganas de quejarme, de reprocharte, de acusarte y de juzgarte porque callas. No quiero seguir con este monólogo absurdo. Si no quieres que te ayude, allá tú. Apáñatelas tú solo, que eres muy listo, muy maduro, muy solvente y muy sólido emocionalmente. Estoy convencido de que no me necesitas a mi ni a tu familia ni a tus otros amigos (cada vez menos). Te estás volviendo un poco gilipollas. ¡Que te zurzan!





























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