Historias de Plutón
José A. Secas
Ya no (te) leo como antes. Tanto en el mundo editorial, como el mundo real y no digamos el virtual, están avanzando y evolucionando a tal velocidad que no nos permite tomar distancia ni perspectiva. Estamos en medio de una corriente torrencial atragantada de sedimentos, escombros, hielo y roca que se desplaza destruyendo nuestras certezas y rutinas, nuestras costumbres pasadas de moda y nuestro día a día, transformándose más rápidamente de lo que podemos asumir. Solamente hay que ver la olimpiada de robots y comprobar las mejoras introducidas cada año. Da vértigo. Los patos de antes de ayer son gacelas y las tortugas, lambos (así llaman los youtubers a los Lamborghini). Sí, los youtubers, esos personajes inconcebibles hace solo unos años. Están pasando tantas cosas por fuera en tan poco tiempo que no nos permite mirarnos por dentro, donde el paso de la vida lleva el mismo ritmo que siempre ha llevado.
Te decía que ya no te leo. Hace pocos años —hasta la maldita pandemia— podía disfrutar tu columna o colaboración literaria en una publicación semanal gratuita en papel. Sus editores entendieron que tras la pandemia era una pérdida de tiempo (y de dinero) reeditar esa iniciativa editorial. Ahora sé que sigues escribiendo en el semanario cultural y que te puedo leer en internet, pero no es lo mismo. Lo primero es que no te tengo entre mis manos, estás en la nube; no aprecio tu presencia física, eres un hecho virtual al que hay que ir a buscar, no estás contante y sonante. Eso dificulta y entorpece; no solo porque no te encuentro si no te busco, sino porque cuando entro a buscarte en la red, ésta me atrapa o yo me pierdo y, al final, no llego hasta ti o, cuando te encuentro, ya estoy harto de tanta pantalla. Lo confieso: ya no te leo (tanto).
Te agradezco que no des mucho la turra con el guasa mandando lo que escribes. Creo que con las redes sociales —no sé por qué considero al WhatsApp como un medio de comunicación «per se» y no como una red social— ya nos enteramos (si queremos) de todo lo que se cuece. Bueno, nos enteramos de lo que los algoritmos y los controladores de mente deciden que tenemos (o no) que ver. Bah, este es el discurso de siempre, la caída en desgracia del libre albedrío, el robo de la voluntad y de la libertad, el pastoreo anunciado y el control social anticipados en la obra de Orwell. No hay nada nuevo bajo el sol. Esto que está pasando ya nos lo habían anunciado, pero no es lo mismo leer una novela de ciencia ficción por muy distópica y premonitoria que sea, que vivir a marchas forzadas la velocidad de los cambios de la existencia.
Cuando en 1987 comenzamos a escribir nuestros proyectos culturales en los primeros ordenadores (que eran máquinas de escribir sofisticadas y poco más) o tuvimos en nuestras manos los terminales de telefonía móvil recién aparecidos en el mercado a principio de los 90, mis compañeros de trabajo y yo manejábamos nombres inventados para las novedades tecnológicas que ya nos apasionaban. Le llamábamos «Marcial» a nuestro Amstrad PCW (ya no me acuerdo qué modelo) porque le cantábamos el famoso pasodoble «Marcial, tú eres el más grande…». Luego llegaron los ladrillos telefónicos y había quien denominaba «horterola» al primer teléfono móvil, que competía con los Nokia, por aquello de rechazar por sistema la innovación y el progreso, tan propio de mentes conservadoras, pacatas, timoratas y mojigatas.
Como buen «señó mayó» que pierde las erres y que tiene más camino por detrás que por delante, se me va la pinza, me pongo a relatar recuerdos en plan abuelo cebolleta y se me pierde la especie de lo que estábamos diciendo… Ah, ya, que no leo, que no te leo. Ni a ti ni a nadie. Últimamente me estoy abandonando intelectualmente y me estoy dejando secuestrar por los algoritmos adictivos y las malas costumbres de individuo adocenado y sin criterio contemporáneo. No leo ni la remota parte de lo que leía antes; no te digo ver películas, escuchar o componer música y canciones, pasear por el campo, cocinar rico, hablar por teléfono o charlar en modo canalla o erudito. Ahora hago scroll y genero lumbalgia por malas posturas. Eso es todo lo que hago.
Me vas a disculpar que me ponga tan derrotista y tan tremendista y demuestre una repelente y escasa indulgencia conmigo mismo; tampoco es para tanto. Estaba exagerando y poniendo desequilibradamente en la balanza las cosas de la vida y pasándome con las hipérboles como hacen andaluces y extremeños con las comparaciones de andar por casa. Solo pretendía destacar la presencia abrumadora en la vida real y cotidiana de adultos, jóvenes y niños, de las pantallas y todo lo que se encierra y se transmite desde ellas.
Y lo cuento así, a lo bestia, a la pata la llana y a pecho descubierto, para que se entienda el tamaño del despropósito. Porque tampoco es que quiera hacer de esto un tratado sociológico ni un postulado filosófico de andar por casa ni ponerme medallas de lúcido y/o iluminado; simplemente me ha dado por pensarlo mientras escribía esto a toda prisa, impulsivamente —qué le vamos a hacer—, robándole el rato al móvil antes de que él me lo robara a mí, que es lo que suele pasar. Jopé.
Y me pregunto, si no seremos la última generación que recuerda lo que se siente al aburrirse de verdad, sin pantalla de por medio, tirado en el sofá un domingo por la tarde sin nada que hacer y sin nadie que te rescate —o sin grupos que te atormenten— del tedio con una notificación. Ese aburrimiento fértil hacía nacer ideas, alumbraba manías y vocaciones, disparaba pedradas repentinas y hasta paría amores rarunos e inclasificables. Me temo que se está muriendo sin funeral y sin bendición. Los que vengan detrás ya ni sabrán que existió; no se puede echar de menos lo que nunca se tuvo. Lo que no se conoce, no existe.
Y así, entre pantalla y pantalla, entre scroll y lumbalgia, es como te he ido perdiendo a ti también: no porque hayas cambiado tú, que ahí sigues, semana tras semana (o casi), fiel a tu columna como un reloj de bazar chino —para nada suizo— con mala leche y maquinaria con obsolescencia programada incluida, sino porque yo ya no tengo el hueco —ni en la mano ni en la cabeza— que antes te reservaba religiosamente cada vez que aparecía tu columna o colaboración literaria, en papel desteñible, empapable, arrugable o envolvente.
Todo pasa a toda ostia. Ya te digo. Mientras tanto, yo sigo aquí, a ritmo de pato de antes de ayer, intentando que no se me escape entre las ranuras de mis ganas la costumbre de leerte, contra toda evidencia y contra el impulso incontrolable de mi propio pólice o del mismo índice que ya tiran solos hacia la pantalla de cuarzo líquido como si tuvieran vida propia.
Y —esto que te diga— a ver si nos vemos, ¿no?





























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