3-c2aa-divisic3b3n-de-montac3b1a-ss-handschar-1

Reflexiones de un tenor /
ALONSO TORRES

Tras la batalla pensé en mis bigotes, era una cosa seria por entonces, ingresas en Los Ulanos (Regimiento nº 25, “Los inmortales”) y comienzas a tener prioridades, que fuera de la guerra se resumen en dos. Primera, en los bigotes largos: o hacia arriba, y por lo tanto buscas continuamente cera para ponerlos tiesos, o hacia abajo, y con estos ningún miramiento especial fuera, eso sí, de que el carmín, la sopa, la carne, el vino y el coñac no se queden en ellos; y segunda, a ver quién hace las mayores locuras (y ser querido, admirado, respetado u odiado, según hablemos de unas o de otros) para que el país entero sepa que haces honor a tu condición de guerrero hasta que comience algún combate real, no de los prohibidos, pero necesarios, contra compañeros, integrantes de otras armas, e incluso contra los peores adversarios, los maridos cornudos (el odio es un conspicuo motivador).

Entré en la pequeña ermita para buscar velas, al no encontrar ninguna maldije en voz alta

La fama del guerrero dormido, la que proviene de los hechos producidos en acuartelamientos, mesones, alcobas ajenas y lances de duelo (donde a espaldas tanto de la justicia militar como de la ordinaria se dirime el honor), digo, que la fama del guerrero dormido se acrecienta, por ejemplo, si eres capaz de beberte de pie en el alfeizar de una ventana, cuanto más alta mejor, una botella de vino sin respirar, y sin caer rompiéndote algún hueso (en cuyo caso, cuanto menos se tarde en volver a las andadas, mejor que mejor); o de cabalgar reventando tu montura desde el acuartelamiento (lejano) hasta la capital, y al llegar, confirmar ante el superior de guardia que has hecho tan fantástica carrera en apenas trece horas; o nadar con los ojos vendados a través del Vísutla y al llegar a la orilla contraria volver, pero esta vez con las manos atadas a la espalda; o cruzar hierros por una galantería del tipo, “mi amada posee más finura en el rostro que la vuestra”… y todo para enamorar a alguna mujer de exquisita (y dudosa) reputación, para que tus posibles admiradoras/res lo sean aún más todavía, o para que tu prometida sepa que te estás convirtiendo en todo un hombre.

Pensé en mis bigotes apenas terminada la primera refriega en la que participé, asaltamos la posición enemiga “a sangre y fuego”, salí de allí con rasguños en el rostro, un corte en la pierna derecha y la sensación de no saber exactamente qué había pasado (las manos dormidas, algún cañonazo, hombres uniformados a mi al rededor y poco más); al acuartelarnos sobre la colina tomada entré en la pequeña ermita para buscar velas, al no encontrar ninguna maldije en voz alta, a lo que el viejo y correoso sargento encargado de las monturas me contestó, “y no ha hecho usted más que empezar su verdadera vida militar, mi alférez”.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here