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La melodía hueca de las pisadas
vuela por los pasillos
y rebota en la penumbra
de escaparates y estanterías.

El vigilante guarda en la caja de sus deseos
un collar de horas tranquilas y replicadas
hasta el infinito insoportable.

Sobre su frente luce una tiara
de espinas grises que penetran
en las cicatrices de los días pretéritos.

Lleva la condena del carrusel atada a sus tobillos
y la mirada del OJO tatuada en la nuca.

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