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Reflexiones de un tenor /
ALONSO TORRES

Aquello de “La Partícula de Dios” del señor Higgs, y su bosón, no fue más que otro paso, y no precisamente en la línea recta, sino en otras direcciones que los más chalados de los autores de ciencia ficción (María Dedupont) y algunos poetas (“¿qué se hace de la luz cuando apagamos el interruptor?”, Leopoldo María Panero, scribit) ya habían imaginado, pero que los científicos más conspicuos no habían ni tan siquiera soñado, y nos condujo, el Acelerador de Partículas, o más exactamente, los descubrimientos anteriores a su construcción que se pudieron verificar gracias a él, a los Espacios Exteriores (si de Multiversos hablamos), o al Espacio Exterior (si preferimos quedarnos en la trasnochada creencia de las Super-Estructuras; hay gente pa tó).

Yo gobierno una goleta espacial del tipo A-s.250, conocida popularmente como Albatros por su grandísima envergadura, y el antiguo propietario de la nave mandó construir, a modo de mirador, una plataforma de cristal de sílice y offen transparente en la parte superior de la misma, y ahí nos reunimos, cuando las calmas chichas que sobrevienen al pasar de un plano espacial a otro nos lo permiten, toda la tripulación, desde los técnicos y la gente de mantenimiento a los científicos y los tripulantes, pasando, lógicamente, por los aviadores, los homo sapiens ludicus que pagando (una fortuna) se apuntan a un bombardeo, y los robots de última generación, los llamados “ante-humanos”. Nos reunimos para contemplar, entre otras cosas, las estrellas, que ahí fuera, desmintiendo a Neruda (el que compuso odas a Stalin, 20 millones de muertos), no titilan… la falta de atmósfera es lo que tiene.

La terraza, como la llamamos, está especialmente animada (sería estúpido decir “esta noche”), llevamos sin dirección fija más de veinte días y en este nuevo Espacio Exterior en el que nos encontramos después de salir del Espacio Exterior Julius Verne, las jornadas que enlazan los meses Fructidor y Vendimiario están resultando especialmente bellas, hermosas, sosegadas, espléndidas (hay dos soles que todavía no tienen nombre, ni tan siquiera número, que bailan con las seis lunas de un planeta hasta ahora desconocido, y un inmenso cinturón de meteoros de una nueva constelación se cruza, y no se choca, como por un milagro, aunque sepamos que es tan solo ciencia, con una serie de asteroides que parecen auxiliares)… además, alguien especialmente nostálgico, ha tomado las riendas del equipo de música, y por todos los rincones de la nave suena el vals nº 2 de Shostakovich. Somos “las semillas de la civilización” de las que habló Gregor Von Rezzori en su Gran Trilogía, y todo, por el momento, marcha bien, porque “lo importante no es vivir, es navegar” (Carlos Barral).

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