Historias de Plutón
José A. Secas
Soy un niño que tiene las ventanas abiertas y no paro de aprender. La música me entra de maravilla: desde las nanas hasta la radio del coche de mami. La música me hace tan feliz —nos hace a todos ¡tan felices!— que se me iluminan los ojos y el alma. Asimilo, trago, archivo, disfruto y recuerdo.
Soy un preadolescente y estoy empezando a sacudirme a los padres y a los mayores. Empiezo a escuchar los canales, las listas, las emisoras, las recomendaciones de los compañeros y, en general, empiezo a elegir yo lo que escucho (aunque papá ponga su rock and roll a toda pastilla los domingos por la mañana) porque los auriculares son un gran invento y hago lo que me da la gana, ¿pasa algo?
La música que escucho es mía y solo mía (bueno, y de mis amigos, claro). Es mi territorio inviolable y ajeno a interferencias e intervenciones. Esto es libertad de verdad. Me encanta. Esta música me habla al oído, me dice quién soy, piensa como yo (o yo como ella); los grupos y los intérpretes son de los míos. Me chiflan sus canciones. Los amo.
Cambio: ya no soy un adolescente y vuelvo a ser ese señor mayor tan listillo y te digo que la psicología llama a esto pico de reminiscencia: recordamos con más intensidad lo vivido entre los diez y los treinta años, más o menos. Varios estudios (que no me voy a poner a citar porque me lo creo, y punto) sitúan la cristalización del gusto musical en la primera adolescencia. Algunos análisis de datos de streaming apuntan a que hacia los treinta y pocos se deja de buscar música nueva. Repito: no cito fuentes porque lo leo, lo asimilo, lo asumo, lo incorporo y lo cacareo como si fuera la auténtica y única verdad verdadera.
La música viene de la mano de un grupo alocado y cómplice —mis amigos—, de un primer amor, de una primera calada, de un abrazo o de un rechazo, de la primera piel, la primera saliva compartida, el primer soplo de plenitud e intensidad descubierto, la primera decisión consciente, la primera renuncia, la primera mentira sincera, el amor que nunca olvidaré, las primeras carreras desbocadas en noches eternas, los primeros lazos inquebrantables, los primeros pensamientos recurrentes que roban horas al sueño, los vínculos estrechos, los puentes tendidos, las primeras traiciones y las primeras certezas. La vida viene con una banda sonora inseparable. La canción que ahora escucho le pone etiqueta a este momento vital. Ahora no soy consciente de ello, pero, algún día, los de mi generación, mis amigos, necesitaremos esta música como quien necesita el aire para respirar.
Me acuerdo de la música que escuchaba en el coche con mis padres, la que escuchaba el hermano mayor de mi amigo, la que nos enseña cada día Patri, que es muy friki. Siempre las llevaré en mi corazón. También se me quedarán retenidas en mi disco duro musical las que traerá mi hermano pequeño y las que escucharé dentro de diez años si sigo en casa y mantengo las amistades y mi entorno no cambia. Seguiré alimentando mi alma con música. Estos vínculos funcionan porque hay convivencia emocional. Cuando esa convivencia se acabe, sé que también terminará la conexión. Y entonces llega el corte.
No es que la música nueva sea peor; no va de ese palo. Es que ya no encuentro contexto vital donde amarrarla. Ya soy un joven crecidito, tengo menos tiempo, menos tribu, menos primeras veces. Como todos, pienso que la música de mi generación es la mejor; lo malo es que todas las generaciones (habidas y por haber) pensamos y pensaremos lo mismo. La eterna lucha generacional siempre se libra en el campo de batalla de la música. Es inevitable. Parece que antiguamente la música envejecía con nosotros y ahora la música nos impide envejecer.
Algún día seré un señor mayor, habitante del mundo viejuno, y posiblemente iré a ver un concierto de un grupo de tributo que trate de imitar a una banda o a un cantante que ahora mismo adoro. Iré buscando una época (mi dorada y añorada juventud) que ya no existe. Los que en un futuro llenaremos los conciertos de grupos de tributo somos los mismos que ahora petamos los festivales, pero sabremos que el revival no nos devolverá la juventud; solo nos acercará malamente a la sensación de haberla tenido. Nuestra música escuchada en el futuro nos dirá al oído del alma lo que somos ahora.
Esto ha pasado y pasará siempre, pero lo que les ocurre a los adultos de ahora es que consumen música a través de herramientas virtuales que apuestan sobre seguro. Los algoritmos no te ofrecen lo que te puede gustar; los algoritmos te echan de comer lo que saben que te gustará. Apuesta sobre seguro. Monotema. Polarización. Más de lo mismo. El más talludito escucha la música de su juventud porque le reafirma (y le devuelve) su identidad; el jovenzuelo escucha (y cree que descubre) música anterior a la de sus padres porque al algoritmo le interesa cerrar círculos. Ambos creen que están eligiendo. En tiempos pasados había que rebuscar un disco o un casete para recordar, gozar o descubrir, y ahora es una opción por defecto. La nostalgia ya no necesita que te lo curres.
Vuelvo a ser el señor mayor: ahora vivimos en una época con más música —toda— disponible y menos canciones compartidas. Individualismo en grado sumo. Antes había canciones que todos conocían y que eran patrimonio de tu casa, de tu basca, de tu entorno y de tu generación. Ahora hay canciones que cada uno conoce a solas y escucha en su onanismo ciberselecto y superliso. Acierto seguro. Es triste ver una escena que se repite: dos salas, dos edades, dos reproductores y una puerta cerrada que separa y aísla.
En definitiva, la música (y la cultura) no avanza por acumulación. Avanza por relevo generacional. Cada vez hay más producto cultural (obras de arte) y más basura y trasteros llenos. Los que peinamos canas nos estamos perdiendo parte del presente. Quizás el problema no es la nostalgia en sí misma, sino que ya no sabemos imaginar el futuro. Quizás deberíamos escuchar con empatía, aceptación y consciencia la música de nuestros padres que un día despreciamos (copla, zarzuela, pasodobles, boleros y cuplé, por ejemplo) y la de nuestros hijos que menospreciamos (rap, flamenquito, electrónica, reguetón, trap, pop mil leches y muchas más). Abramos nuestras almas y llenémoslas de la sustancia que da más vida a la vida: la música.





























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