José Cercas
La historia debería servir para algo más que para memorizar fechas. Debería ser una advertencia, una memoria encendida que nos impida repetir los mismos errores con distinto disfraz. Sin embargo, uno repasa los siglos y tiene la sensación de que avanzamos en tecnología mientras seguimos tropezando con la misma piedra moral. Cambian los instrumentos, cambian los discursos, cambian incluso las banderas; pero el fondo de ciertas conductas permanece, obstinado, como una sombra que aprende a adoptar nuevas formas sin dejar de ser la misma.
Atravesamos la Edad Media entre el miedo y la obediencia, con la conciencia vigilada y el pensamiento castigado. Después llegaron tribunales, inquisiciones y verdades absolutas defendidas con fuego. Más tarde, la Revolución Francesa pronunció palabras luminosas —ciudadanos, derechos, igualdad— mientras la cuchilla caía con prisa sobre las ideas. Y en nuestras tierras, los levantamientos contra Napoleón, las guerras carlistas, la Guerra Civil, el largo franquismo y sus silencios fueron dejando una lección escrita con sacrificio y sufrimiento, como si cada generación tuviera que aprender de nuevo aquello que la anterior había pagado demasiado caro para olvidar.
Uno pensaría que, después de todo eso, la sociedad habría aprendido a desconfiar del abuso, a vigilar el poder, a no delegar la dignidad. Que la experiencia habría levantado una conciencia más firme, menos ingenua, más resistente a los discursos fáciles. Pero el tiempo pasa y la sensación persiste: cambian los nombres, no siempre las conductas. Los de siempre encuentran nuevas formas de apropiarse de lo común; los privilegios se justifican con palabras pulidas; la política, en ocasiones, se aleja del servicio para acercarse a la conveniencia. Y mientras tanto, el ciudadano observa, a veces resignado, otras cansado, como si la historia fuera una rueda que gira lentamente sobre el mismo punto.
La historia entonces deja de ser un recuerdo y se convierte en una pregunta. ¿Para qué sirvió tanto sacrificio? ¿Qué hicimos con esa herencia de lucha, de resistencia, de búsqueda de justicia? ¿Qué aprendimos de los que se levantaron, de los que protestaron, de los que pagaron con silencio, con exilio o con vida el derecho a decir basta? Quizá la respuesta no esté en los manuales, sino en la forma en que miramos el presente. Porque cada época tiene sus presiones discretas, sus desigualdades maquilladas, sus verdades cómodas repetidas hasta parecer inevitables.
Tal vez los comuneros y sus fueros no fueron sólo un episodio remoto, sino una advertencia temprana: la libertad no se hereda, se ejerce; la justicia no se promete, se construye; la dignidad no se delega sin riesgo. La historia, si se escucha, no es un museo de acontecimientos, sino una conversación con el presente. Nos recuerda que el poder necesita límites, que la ciudadanía necesita memoria y que el silencio, cuando se vuelve costumbre, termina siendo cómplice.
Porque al final, la lección de historia no está en lo que ocurrió, sino en lo que hacemos con ello. Podemos contemplarla como una sucesión de tragedias inevitables o como un mapa de advertencias. Podemos repetir los errores o aprender a reconocerlos antes de que regresen con otro nombre. Y quizá ahí, en ese gesto de memoria activa, esté la única forma de progreso que no depende de la tecnología, sino de la conciencia.


























