José Cercas

Hubo un tiempo en que la palabra democracia apenas era un presentimiento en la conciencia de los hombres. Un tiempo de dioses, de ciudades amuralladas, de reyes que confundían su voluntad con el destino de los pueblos. Hasta que, en aquella Grecia antigua, bajo la luz mediterránea de Atenas, algunos ciudadanos comenzaron a preguntarse por qué el poder debía pertenecer siempre a los mismos.
No nació entonces la libertad de todos. Nació, acaso, una primera manera de interrogar al poder.
Porque aquella democracia, que hoy contemplamos desde la distancia de los siglos, dejaba fuera de sus decisiones a las mujeres, a los esclavos y a quienes habían llegado de otras tierras. La palabra pueblo todavía no alcanzaba a nombrar a todos los que habitaban la ciudad. Y, sin embargo, algo había comenzado a moverse en la historia: la posibilidad de que los asuntos comunes fueran discutidos por quienes tenían derecho a participar en ellos.
Después vino Roma, con sus instituciones republicanas, sus magistrados y sus asambleas; también con sus privilegios, sus conquistas y sus contradicciones. Y más tarde llegaron los largos siglos en los que la voluntad de los monarcas, la nobleza y los poderes religiosos condicionó el destino de buena parte de Europa.
Pero las ideas tienen una extraña manera de sobrevivir a sus derrotas. Pueden permanecer durante siglos bajo las piedras de la historia y regresar cuando alguien vuelve a pronunciarlas.
La Ilustración levantó de nuevo las preguntas sobre la libertad, la razón y los derechos del hombre. Las revoluciones americana y francesa alteraron el viejo orden político. Se habló de igualdad, de ciudadanía, de soberanía popular. Se escribieron declaraciones solemnes mientras millones de seres humanos continuaban sin poder decidir sobre sus propias vidas.
La historia avanzaba, pero no todos caminaban a la misma velocidad.
Fue necesario que los trabajadores reclamaran su dignidad, que las mujeres exigieran el derecho al voto, que generaciones enteras se enfrentaran a leyes injustas y privilegios heredados. Cada derecho conquistado llevaba detrás una larga memoria de resistencia.
España tampoco quedó al margen de aquel difícil aprendizaje.
En Cádiz, en 1812, una Constitución abrió las ventanas del constitucionalismo español, aunque la representación política seguía lejos de alcanzar a toda la sociedad. Vinieron después los pronunciamientos, las restauraciones, los cambios de régimen y esa antigua costumbre nuestra de convertir las diferencias políticas en heridas que tardaban generaciones en cerrarse.
La Segunda República de 1931 trajo nuevas esperanzas y reconoció, entre otras conquistas, el derecho de las mujeres a votar. Clara Campoamor defendió aquella igualdad frente a las resistencias de su propio tiempo. Dos años después, las españolas pudieron ejercer ese derecho en unas elecciones generales.
Pero la historia de España volvió a oscurecerse.
La Guerra Civil y la larga dictadura franquista dejaron a varias generaciones sin la posibilidad de elegir libremente a sus gobernantes. Hubo cárceles, exilios, censura y familias que aprendieron a hablar en voz baja. Hubo hombres y mujeres para quienes la libertad no fue una palabra escrita en los libros, sino una ausencia que acompañaba cada uno de sus días.
Conviene recordarlo, porque la memoria no debería servir únicamente para contemplar lo sucedido, sino también para impedir que volvamos a justificarlo.
Las elecciones de 1977 y la Constitución de 1978 abrieron otra etapa. España recuperó las instituciones democráticas, el pluralismo político y las libertades fundamentales. No fue un camino sin dificultades ni contradicciones, pero permitió que la discrepancia dejara de ser, al menos en el ordenamiento jurídico, una razón para perseguir al adversario.
Y llegamos a nuestros días.

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