Pensamiento crítico
Diego Peña

Si nos preguntaran en qué momento de nuestra vida consideramos que es más importante que alguien nos sirva como guía y referencia, probablemente contestaríamos que cuando la incertidumbre acecha y las dudas nos asaltan. Lamentablemente, en las últimas décadas, nos hemos ido quedando sin referentes en los que inspirarnos. Atrás quedaron líderes que, mediante la ejemplaridad como gran baluarte, se enfrentaron a situaciones verdaderamente dramáticas, poniendo por delante de su bienestar personal, el interés colectivo. Si no creemos en la importancia del liderazgo, imaginemos por un momento cómo sería el mundo si no hubieran existido, Mahatma Gandhi, Winston Churchill, la Madre Teresa de Calcuta o Nelson Mandela, por citar algunos ejemplos.

Pero al hablar de liderazgo, no podemos olvidar la importancia que tiene no ya el ser un buen ejemplo, sino la capacidad para afrontar la adversidad con la seguridad del que tiene el ingenio, los conocimientos, la experiencia y la determinación para hacerlo con solvencia.

Lamentablemente vivimos tiempos en los que el talento ni se valora ni se potencia adecuadamente. Si pensamos en las personas que más admiramos por su inteligencia y resolución, descubriremos a gente que dedica innumerables horas de esfuerzo y dedicación a la mejora y el perfeccionamiento. En muchas ocasiones, sin ni siquiera obtener un mínimo reconocimiento.

En cambio, para ejercer ciertos cargos de responsabilidad en alguno de los ámbitos más destacados de la sociedad, no es necesario ni un talento especial en la materia, ni una demostrada capacidad para liderar. No siempre es así, pero ocurre con demasiada frecuencia.

Esta pérdida de liderazgo y talento ha sido sustituida por el auge de una comunicación que tiene como objetivo crear una realidad paralela en la que las emociones son más importantes que los hechos objetivos a la hora de explicarla. Sobre todo, aquellas emociones que, por desgracia, alimentan nuestros instintos más básicos.

Las nuevas formas de comunicación en masa a través de internet permiten la difusión instantánea de cualquier tipo de mensaje a un enorme público, lo que hace posible la distorsión de los hechos objetivos en tiempo real.

<<Lo importante no es lo que sucede sino lo que la gente cree que sucede>>, es la base estratégica que sirve para crear enormes campañas de comunicación que tienen como objetivo influir sobre nuestra opinión de manera determinante. De esta forma y con los medios suficientes, se puede crear una realidad a medida de quién puede permitírselo.

Pero cuando el relato es el protagonista, la responsabilidad, la naturaleza de los problemas o las medidas que hay que aplicar para resolverlos, pasan a un plano secundario ya que de lo que se trata no es de encontrar las mejores soluciones disponibles, sino de convencer a la gente que la realidad no es como los hechos objetivos determinan, sino como el “gurú” del momento quiere que sea.

El problema de sustituir liderazgo y talento por una narrativa que no atiende a la realidad de los acontecimientos, se hace patente cuando se producen crisis económicas o sociales de especial gravedad y se necesitan referencias genuinas que den seguridad y sepan gestionar los problemas de manera competente. Es entonces, cuando más se echa en falta a los verdaderos líderes, independientemente de que éstos pertenezcan al mundo empresarial, político o social.

Vivimos una época en la que asumir la responsabilidad, reconocer los errores o buscar el bien común, han dado paso a una guerra abierta por ganar el relato independientemente de su veracidad, y no podemos permitir que esta estrategia se convierta en la norma. Sencillamente porque nos estamos jugando el futuro en un mundo que además de estar lleno de incertidumbres, ha virado de manera alarmante hacia la polarización.

Sin duda, el debate público tiene que volver a la racionalidad y a la búsqueda de los puntos que nos unen. Por esta razón, necesitamos que la ejemplaridad, el talento, la responsabilidad y la determinación de nuestros líderes, vuelvan a florecer con fortaleza. Realmente lo necesitamos. También que, mediante su actitud decidida y nuestra aportación entusiasta, construyamos sociedades más robustas, justas, colaborativas y racionales en sus diferentes ámbitos. El reto es titánico y cada vez hay más gente que está perdiendo la esperanza, pero merece la pena dar la batalla por una sociedad que, a pesar de sus imperfecciones, nos ha proporcionado unos índices de estabilidad y prosperidad no conocidos con anterioridad.

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